La bomba N

– ¿Por qué estás aquí, Blanca? – me preguntó con aire solemne.

– Pues mire Doctor Villagañán, desde hace dos días que tengo muchísima sed, meo como si mi vejiga fuera una bolsa pinchada del Mercadona y estoy muy, muy cansada.

Mi médico de cabecera se ajustó las gafas, miró a la pantalla del ordenador durante unos instantes, de nuevo se ajustó las gafas y finalmente, me miró.

– ¿Tienes fiebre?

– No. – contesté.

Volvió a comprobar el ordenador y me preguntó de nuevo mis síntomas sin establecer contacto visual. Calmadamente, repetí la retahíla de malestares que sufría. El doctor apuntó, garabateó, en la ficha clínica, y alzó la cabeza.

– ¿Y fiebre?

– …eh, no. – Repetí.

Es un pequeño juego que nos traemos los dos. Él me pregunta qué me pasa, yo le respondo, él me pregunta si tengo fiebre, niego la pregunta, le repito mis síntomas, me vuelve a preguntar por la fiebre, yo pierdo la paciencia y así hasta que él se aburre o yo le vuelco la mesa. Buenos tiempos.

Pero esta vez, no nos extendimos más de diez minutos en el bucle infinito de la fiebre. O lo entendió a la primera, o quería irse a su casa. Sacó del cajón de su mesa un pequeño monitor con dos botones y una tira de cartón.

– Te voy a hacer una prueba de glucosa. – me indicó que extendiese la mano, y con un bolígrafo, que resultó no serlo, me pinchó la yema del dedo corazón. Empapó de mi sangre la tira de cartón blanco y la introdujo por una ranura del monitor.

Tras unos minutos de incómodo silencio, la máquina emitió un pitido y el médico miró la pantalla. – Oh, vaya. Tienes el azúcar bastante alto. ¿Tienes algún familiar con diabetes?

– Bastantes… – le contesté temiéndome lo peor. – No me diga que soy diabética, por favor.

El hombre apuntó los datos en mi ficha con toda la tranquilidad y parsimonia del mundo, como si acabara de decirme que tengo una salud de hierro y que se me habían curado mágicamente la alergia, la miopía y el asma, y por qué no, que mis lágrimas curaban el cáncer. Sin pretender ninguna sutileza, carraspeé ruidosamente para devolverle al mundo de los atentos.

– Insisto, ¿eso quiere decir que soy diabética?

Esta vez, el paisano levantó la mirada y me sonrió. – Bueno, no tiene por qué. Lo mismo ha sido un subidón de azúcar por algo que hayas comido. Probablemente se pase en unos días, sino, tendrás que volver. ¿Has estado comiendo bollería industrial últimamente?

Giré los ojos para hacer memoria. – No que yo sepa…lo único que he comido dulce ha sido un bocadillo que…OH, JODER.

Rápidamente recogí mis cosas y me largué de la consulta del médico. Intenté correr hasta casa pero me tuve que parar varias veces, lo dicho, estaba súper cansada de existir. Cuando llegué, allí estaba ella, en la cocina, preparando otro.

– ¿¡Qué puñetas me diste de comer ayer!?

Hola a ti también, Capitán Vinagre.

– ¡No me distraigas! – le agarré por los hombros y puse mi cara casi atravesando la suya. – Los bocadillos que me hiciste el otro día, ¿qué llevaban?

Sin un ápice de preocupación, Yolanda miró al techo un par de segundos para hacer memoria, y de manera muy resuelta y tranquila me contestó lo siguiente:

Oh, poca cosa, lo que había por el frigorífico básicamente. El primer bocadillo, salado, llevaba chorizo, salchichón, queso, mortadela, aceitunas y pepinillos.

Abrí los ojos como platos mientras sentía que una enorme arcada decidía darse un paseo ascendente hasta mi boca. ¿Cómo narices fui capaz de comerme esa atrocidad gastrómica?

– Y el postre más de lo mismo, una tapa de pan untada de mantequilla y mermelada de fresa; la otra tapa con mantequilla de cacahuete, nata, topitos de chocolate y confeti de colores. ¡Ah! Y cereales.

Me senté en una silla e intenté procesar la nueva información. Blanca por la impresión y por saber que esa loca había intentado matarme, me serví un gigantesco vaso de agua para saciar mi sed. Mi sed de persona que lleva cuarenta años vagando por el desierto, por cierto. Miré a Yolanda con una mueca de ¿súplica? en el rostro.

– ¿Qué?

– Esos bocadillos…- me lamí los labios resecos, de nuevo tenía sed. – estaban cojonudos. Quiero más.

Y esa es la historia de la vez que Yolanda me preparó un rico surtido de diabetes a la que bautizó con el nombre de “Bomba N”. La “n” no sé por qué fue pero seguro que por algo muy rico. Prefiero dejarlo como uno de los misterios de Jessica Fletcher sin resolver.

Ale.

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