Murphy, mi amante bandido

Esto que os voy a contar sucedió por la simple causa de ser una redomada vaga, y por la simple consecuencia de ser imbécil. No le deis más vueltas porque es así. Yo no, ¿eh? Yolanda. Siempre Yolanda.

Era un día cualquiera en pleno apogeo de vida universitaria. La casa estaba hecha una mierda, nuestra habitación había sido devorada por la entropía y el frigorífico, cómo no, estaba vacío. Ni siquiera tenía el triste limón mohoso y el tupperware de aspecto sospechoso. Fue por esta razón, que decidimos despegar la nariz de nuestros importantes quehaceres, leer y dibujar, y bajar a comprar al supermercado.

He de recordaros, o informaros si no os lo he dicho ya, que Yolanda y yo vivíamos en un decimocuarto piso. Ahí es nada.

Al llegar a la calle nos dimos cuenta de que no habíamos bajado las bolsas para hacer la compra. Son unas sensuales bolsas de rafia, grandes y espaciosas para no tener que usar las bolsas de plástico rancio que te dan. Somos así de ecológicas. ¿Y qué hicimos? Pues lo que hubiera hecho cualquier persona normal y corriente. Llamar a nuestras compañeras de piso POR TELÉFONO y pedirles que nos tiraran las bolsas POR EL BALCÓN. Porque lo de llamar al telefonillo y pedir que te lo pongan en el ascensor es para gente que no vive a la altura en la que se forman las nubes.

Según veíamos descender las bolsas con una gracia abstracta digna de la bolsa de American Beauty a Yolanda se le ocurrió poner a prueba a Murphy.

¿Te imaginas que se quedan encajadas en el balcón de alguien? Je.

En el sexto piso, las bolsas, una dentro de la otra, decidieron que no, que no iban a bajar más, que habían encontrado ese bonito balcón sin estorbos y que iban a comenzar una familia allí mismo.

– Tenías que hablar, ¿verdad? – lancé una mirada de odio a Yolanda quién se llevó la mano a la frente y exhaló un fuerte OG.

Pues nada, nos tocó subir al sexto a por la puñetera bolsa bajo la atenta mirada de varios vecinos que se habían asomado a sus respectivos balcones al ver bajar a toda leche una bolsa gigante. Pero claro, Murphy, que es un tío con clase, no estaba contento con que do simples bolsas se quedaran encajadas en un balcón. Por supuesto que no, Murphy es un morboso e hizo que el Sexto A fuese EL ÚNICO PUÑETERO PISO DE UN EDIFICIO CON 90 VIVIENDAS QUE ESTUVIESE VACÍO.

OG.

Así que nada. En vez de darnos por vencidas, decidimos llamar a Roger para que nos llevase en coche hasta el centro comercial. ¿Y para qué? ¿Para comprar?

¡Qué va! ¡No seáis ridículos!

Ir a comprar para aprovisionarnos de comida para la semana había pasado a un segundo plano. Ahora la misión principal era recuperar nuestras bolsas de la compra. La operación “in de nagüer”. No le busquéis sentido, es que nos gusta mucho esa expresión. Roger no entendía muy bien de qué iba nuestro rollo pero hizo bien su papel de chófer que no hace más preguntas de las necesarias. Una vez en los grandes almacenes, fuimos directas a la tienda de bricolaje y nos hicimos con un gancho metálico y una cuerda de veinticinco metros.

Oh, no – estaréis pensando.

Oh, sí.

Hasta ahí llega nuestra estupidez.

De vuelta en casa, obviamos a nuestras compañeras de piso que no hacían más que estorbar y hacer preguntas estúpidas del tipo “¿En serio lo vais a hacer?” o “¿A vosotras os dan beca por discapacidad o qué?”. Bitch, please. La duda ofende.

Atamos un cabo de la cuerda a la barandilla nuestro balcón y el otro al gancho de metal. Y allá que nos fuimos. Con la maestría de un operario de grúas en su primer día, hicimos descender la cuerda hasta el premio. Las bolsas se veían con claridad, y gracias a Odín, tenían las asas a plena vista y fácil acceso. Con un sexy movimiento pendular y bajo la atenta mirada, de nuevo, de algunos vecinos curiosos, el gancho tocó el asa de la bolsa grande. Después de unos agobiantes cinco segundos en los que se oían los engranajes de mi cerebro, el corazón palpitante de Yolanda, que estaba prácticamente encima de mí y las burlas y ánimos a partes iguales de mis vecinos, noté una perturbación en la cuerda y tiré como si la vida me fuera en ello.

Murphy, bello, que eres muy bello.

No sé cómo leches me las ingenié para subir la bolsa DE DENTRO y no la grande de fuera. Y lo peor no fue eso sino que, por culpa de mi maniobra, la bolsa grande había quedado con las asas torcidas y ahora su acceso era prácticamente imposible. Sin embargo, Murphy se apiadó de mí porque decidió que subiría experiencia de precisión felina y enganché la bolsa a la primera y la subí de sopetón. Con tan mala suerte que mis manos de árbol me traicionaron una vez más y al tocar la bolsa, se me escurrió entre los dedos e inició un paseo vertical hacia el suelo. Los aplausos que me había ganado por parte de mis vecinos se transformaron en una risa floja e incontenible que a Yolanda también se le pegó. ¿Y por qué no? A mí también. Aunque más que risa floja era la risa nerviosa que preceder a un ataque de histeria.

Huelga decir que cuando bajamos a por la dichosa bolsa, el supermercado ya había cerrado. Pasamos hambre esa noche, ¡vaya si la pasamos!

A dormir.

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