La historia más rara jamás contada

Esta historia data del último tercio del dosmilésimo décimo tercer año después del nacimiento de un hombre que debió ser muy guay por su época. Porque sino ya me contaréis a cuento de qué este jaleo. Ya os sonará que por aquel entonces Yolanda y yo hacíamos prácticas en una clínica de fisioterapia muy guay en la que aprendimos mucho y conocimos a mucha gente. Y si no os suena, deberíais prestar más atención.

Entre todas las personas variopintas e interesantes que conocimos, destacó un anciano. Pero no un anciano adorable sin más. Era el anciano más adorable, simpático, entrañable y gracioso que hemos conocido en la vida. Y eso que mi abuelo me enseñó a insultar en mi tierna infancia.

Pero sí, él destacaba. Destacaba por encima del hombre que pedía a gritos que volvieran los grises y me llevaran para no seguir haciéndole sufrir, pero que luego me colmaba de uvas y castañas de su finca como muestra de agradecimiento. Destacaba por encima del señor que nos intentaba colar que andaba bien con las muletas y cuando salía del gimnasio hacía lo que le daba la gana. Y sobre todo, destacaba por encima de una señora que cuando estaba triste, decía que estaba “alicatada”.

Ataulfo lo petaba. Ataulfo era lo más. Le conocían en toda Ponferrada y a todos saludaba. Tal era su famoseo que a Yolanda y a mí nos regalaba paquetes y paquetes de chicles, de los buenos, que le daban en la gasolinera por ser él. Vamos, que estoy segura de que si lo buscas en Google aparece. Y eso que tiene ochenta y tres años, que se dice pronto.

Además, tenía una serie de frases y expresiones que usaba siempre y que le definían como persona excepcional.

– Vamos a cambiar la chaqueta.

– Uhhhh.

Y la mejor de todas. Era la respuesta que te daba cuando le preguntabas qué tal estaba.

– Un poco más usado que ayer.

Para que os quede claro: Ataulfo >>>>>>>>> Resto de la gente.

Que no se note que a ese señor le tenemos en un pedestal.

Bueno, pues el caso es que una tarde, mientras se daba su paseo de veinte minutos en la máquina elíptica del gimnasio y Yolanda y yo estábamos tratando a nuestros respectivos pacientes, nos narró la historia más rara que me han contado en la vida. Olvídate de James Cameron o de los giros de guión inesperados de M. Night Shyamalan porque esta historia, aunque breve, lo tiene todo. Cito:

“Cuando yo era joven, que estaba un poco menos usado que ahora, iba mucho a la casa de campo de Franco porque me invitaba a cazar con él y otros amigos.”

Yolanda y yo levantamos la cabeza en su dirección y nos miramos unas milésimas de segundo, conmocionadas. ¿Acababa de decir Franco? Sí, lo había dicho. Lo habíamos oído todos los presentes. Franco, colegas, FRANCO. Francisco Franco. Francis da Caudillo. Franco.

“Y bueno, en una ocasión, Fran [que encima le tuteaba] estaba enseñando la casa a unos amigos que no habían ido nunca  y me dejó a mí solo en el comedor. Y yo había estado muchas veces en esa casa, era muy bonita, tenía unos cuadros preciosos, y unos muebles de madera noble que debían costar, uhhhhh, una barbaridad.”

El tiempo dentro del gimnasio parecía haberse congelado, ya nadie estaba haciendo sus ejercicios, todos escuchábamos atónitos la anécdota de Ataulfo.

“Pues como yo había estado mucha veces allí y me conocía de sobra la casa, sabía que en uno de los cajones de un mueble había una cubertería de plata. De esas que tenían muchos cuchillos y cucharas para las cosas. Así que me acerqué disimuladamente, abrí el cajón, y le apañé unos cubiertos.” Para acompañar el drama de la situación, Ataulfo hizo con la mano el gesto de robar y sonrió con complicidad.

La sala quedó en silencio. El único sonido que se oía era el ir y venir de los pedales de la elíptica y la respiración forzada del anciano. Tras unos segundos de procesamiento, Yolanda se atrevió a hablar.

¿Nos estás diciendo que fuiste a casa de Franco y le robaste unos cubiertos de plata?

Como única respuesta, Ataulfo volvió a sonreír y se llevó un dedo a los labios. Lo mismo se pensaba que nos íbamos a chivar. Sin más, paró la máquina, se bajó y con la toalla encima de los hombros se secó el sudor de la cara. Nos miró a todos con su eterna sonrisa pintada en los labios y nos dijo:

– Vamos a cambiar la chaqueta.

Nos costó mucho volver a la rutina porque no dejábamos de imaginarnos a Ataulfo en sus años mozos birlando cubertería al dictador de España. Ese caballero que se iba de caza durante la dictadura, era un modelo a seguir. Era amable, educado, liberal, abierto de mente y, una vez más, adorable. Y le había robado los tenedores caros a Franco. ¡A Franco! Ole tú.

Ahí os quedáis.

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