De repente, soy una señora

Esto que os voy a contar ocurrió hace un par de años, cuando Yolanda y yo éramos unas mozas de tez lisa y finos rasgos post-adolescentes. Volvíamos del hospital de que la alergóloga le dijese a Yolanda que su sistema inmunitario era una broma de la genética.

He dicho que éramos jóvenes, no que estuviésemos sanísimas.

El camino de vuelta al hogar era un recorrido turístico por los colegios e institutos del barrio. Que si fuéramos de esa clase de gente a la que le gusta ir de paseo por los patios de recreo pues muy bien, pero Yolanda y yo tenemos un miedo patológico a los adolescentes que están en el descanso mirando a todo el que pasa por el otro lado de la verja como si fueran enemigos mortales. Por eso íbamos con paso ligero y evitando mirar hacia la derecha donde los críos y no tan críos chillaban como cerdos en el matadero. Supongo que de felicidad. Espero que de felicidad.

A mitad de camino, un balón de fútbol se interpuso en nuestro camino. Sin pensarlo dos veces nos aproximamos a ella y Yolanda la recogió del suelo. Al otro lado de una verja de unos tres metros, se encontraban un grupo de cuatro niños de unos nueve años aferrados a los barrotes color verde con sensuales toques de óxido como si les fuera la vida en ello. Con una sonrisa, Yolanda se acercó hacia ellos con la intención de lanzar el balón por encima de la valla.

– ¡Muchas gracias! – exclamaron al unísono. – Es muy amable, señora.

Señora.

Señora.

SEÑORA.

Sin perder la sonrisa, Yolanda inclinó la cabeza hacia un lado, como hacen los psicópatas, y depositó la pelota en el suelo a escasos centímetros del alcance de las pobres criaturas. Se acercó a ellos de cuclillas y les dijo muy bajito: – Por llamarme señora, os habéis quedado sin el balón.

Y con sus santos ovarios, se levantó y se fue a casa. Y me dejó a mí, con una sonrisa de imbécil pintada en la cara sin saber muy bien qué hacer. Porque si les ayudaba, Yolanda sabe usar cuchillos de caza y sé de sobra que tiene ojos en la nuca. Así que antes de que se diese cuenta le di un sutil empujoncito a la pelota con el pie. Por lo menos para que los niños pudieran lanzarla por encima de la verja o hicieran una escalera humana o algo.

Allí se quedaron los niños, solísimos, llorando por la pelota. Y sobre todo con una gran confusión sobre el respeto y la confusión.

Por si aún no lo sabéis, Yolanda en una persona horrible.

En fin.

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