El Censo: Ese gran enemigo público

Oye, apunta ahí: “Censo”.

¿Censo? ¿Cómo Censo?

Sí hombre, el Censo.

Pero, ¿dónde lo apunto?

Pues en la lista de sitios a los que no nos dejan entrar más, ¿dónde sino?

Og, Yolanda, ¿qué has hecho?

Pues verás, te vas a reír. ¿Te acuerdas de que yo me encargaba de conseguir el justificante de residencia para pedir la beca de la Universidad?

Sí…

Bueno, pues resulta que…

(inserte aquí nube vaporosa como en las series cuando evocan un recuerdo)

Iba de camino al censo, pensando que sería un trámite que me llevaría unos minutos. Pero no contaba yo con que me iba a atender la más lista de la clase. Cuando llegué allí no había mucha gente, cogí un número y en cuestión de minutos me tocó acercarme a una mesa muy alta detrás de la cual estaba una moza joven con cara de estar haciendo derivadas mentalmente.

– Hola buenas, quería un justificante de residencia para poder pedir una beca para la universidad.

­– Por supuesto, dime tus datos. –  me dijo con tono amable. Cosa rara para empezar.

Le di los datos pertinentes y en unos segundos consiguió mi ficha del censo.

– Vaya. – exclamó la chica. – ¡qué extraño! Aquí pone que tienes un nivel 0.

Sin mucho esfuerzo, compuse mi mejor cara de “¿qué leches me estás narrando?” y me aproximé un poco más al mostrador, que por cierto, como ya he dicho, era bastante alto y no entiendo la razón.

– Significa – prosiguió la chica – que no sabes ni leer ni escribir.

– Je, – me puse de puntillas para que me viera bien la cara. – pues menuda suerte he tenido en la vida que he llegado a la universidad sin saber leer ni escribir.

Tras unos minutos de procesamiento de la información, la chica identificó mi sarcasmo y me miró por encima de las gafas de pasta. – Bueno, el caso es que me tienes que traer un certificado de la ESO* para actualizar tus datos.

Pues no lo tengo. Sólo tengo el del Bachillerato y da gracias que fui a por él porque me prometí no pisar jamás ese instituto otra vez.

Ya, pues el del Bachillerato no me sirve, tiene que ser el de la ESO para demostrar que tienes estudios secundarios.

En ese momento fue cuando sentí morir millones de neuronas dentro del encéfalo de esa mujer. Con una cara de pena por empatía hacia esas pobres transmisoras de la información que no tenían culpa de nada, contesté a la perpetradora con suavidad y dulzura. Y lentito, para que me entendiese bien.

– Para hacer el Bachillerato…tienes que haber hecho la ESO. Por lo que…tener el título de Bachillerato implica que tengo la ESO.

No me sirve. Necesito el de la ESO.

A tomar por culo. Di un manotazo a la encimera de madera cutre y competimos a muerte en una lucha de miradas. Pero ella era funcionaria, tenía más experiencia que yo, así que con el rabo entre las piernas me tocó ir hasta el dichoso instituto a por el dichoso título de las dichosas narices.

¿Por qué se dice “dichoso algo” cuando te refieres a algo molesto si que algo sea dichoso es que es alegre? Este idioma nunca deja de sorprenderme.

Yolanda que te evades.

Bueno, pues eso. Que me tuve que ir hasta la otra punta de Valladolor para coger el título, cosa que no me llevó mucho tiempo porque sorprendentemente no se abrió una brecha directa al Infierno ni nada por el estilo. Pero claro, ¡CLARO!, ya era muy tarde para volver a la oficina del Censo porque iban a cerrar en pocos minutos. Así que tuve que volver al día siguiente.

Cuando llegó mi turno estampé el diploma en la mesa causando un sonoro estruendo que hizo que las personas cercanas se diesen la vuelta a mirar si un camión había arrancado la puerta de la entrada.

– Hola. – dije un poco más alto de lo normal. – Vengo a entregaros mi título de la ESO para que actualicéis mis datos.

Esta vez, el que me atendió fue un hombre de mediana edad y tirando a guapete. Amablemente recogió el papel de la mesa y metió mis datos en el ordenador.

Bueno Yolanda, pues parece que todo está en orden, no hay nada que actualizar. – Me miraba con una sonrisa tan sincera y amplia que pensé que me estaba vacilando.

– Ayer una compañera suya me dijo que tenía un nivel 0.

­El funcionario miró de nuevo la pantalla del ordenador y puso cara de interesante. Al cabo de unos instantes me volvió a sonreír. – Pues no, tienes el nivel que debes tener. Estos datos se actualizaron la última vez que votaste.

Y ahí me quedé. Pasmada. Con un tic muy sano en el ojo. Y no recuerdo mucho más. Tengo vagas imágenes de pedirle con mucha calma el justificante de residencia y de encaminarme a la salida. ¡Espera! Me viene algo, creo recordar que de camino a la salida vi a la chica que me atendió el día anterior.

 Yolanda…

¡Fue el instinto!

El instinto homicida, querrás decir.

En serio, lo de la palabra dichoso me tiene con la cabeza danto vueltas…

Aloha.

 

*ESO: Educación Secundaria Obligatoria.

**Sí, Aloha significa hola y adiós. Que lo he mirado.

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