Casi contraigo la tuberculosis y al médico le da igual

Sí, ¿para qué os voy a engañar? El título ya lo dice todo por sí mismo. Es tal cual os lo cuento. No me invento nada. Casi contraigo la tuberculosis y al médico de dio igual. Nada, un cero a la izquierda. Vamos, que se la sopló muy mucho.

Corría el invierno pasado cuando Yolanda y yo hacíamos prácticas universitarias en un hospital del mundo. Fue un mes inolvidable en el que aprendimos un montón de cosas y en el que, para nuestra suerte, nos pasó un porrón de histriónicas aventuras.

Una de ellas es esta que os voy a contar. Pero acercaos, no seáis tímidos, la vieja abuela no os va a hacer nada. De momento.

Yolanda y yo estábamos bajo la tutela de una fisioterapeuta de Lugo, bajita pero peleona. Hablaba tan bajito que la bocazas y yo teníamos que robar el audífono a los ancianos que acudían a rehabilitación para poder oír sus explicaciones.  Un día, mucho después de que una compañera de clase me ocasionase un brote nervioso digno de la chavala del Exorcista, Yolanda, la tutora y yo tuvimos que subir a una habitación del hospital para tratar a un paciente con neumonía. No hubo ningún tipo de problema durante un par de días porque era un tratamiento rutinario y fácil de aprender y llevar a cabo.

Pero.

Una mañana, nuestra tutora no dejó que nos acercásemos al paciente y le realizó ella misma el tratamiento mientras usaba una mascarilla como protección. Cosa que los días anteriores no había hecho. Claro, entendedme. ¿No pasa nada y de repente te pones una mascarilla? Y no una mascarilla cualquiera de papel, no. Una de esas súper mascarillas que por ahí no entra ni el tiempo. Y para más inri, al día siguiente, la tutora nos invitó amablemente a que nos quedásemos en el gimnasio con el resto de compañeros. A esas alturas, Yolanda y yo estábamos todo chinadas, sin entender nada y muy pero que muy mosqueadas.

No fue hasta el día siguiente que nos llegó la buena nueva. El hombre no tenía neumonía, tenía tuberculosis. Una genial tuberculosis que había ido flotando desde el interior de sus pulmones al interior de los nuestros. En el momento en que se supo la noticia, comenzó un gran revuelo por el gimnasio. Nuestra tutora fue a hablar con su supervisor quien raudo y veloz nos mandó a las tres a la Medicina Interna del hospital para que iniciaran el protocolo necesario. Que en este caso simplemente era hacernos la prueba de la tuberculina, prueba que duele bastante, y esperar a lo mejor.

Cuando llegó nuestro turno, después de esperar tranquilamente cuarenta minutos en el frío y oscuro pasillo, la doctora nos hizo pasar a la consulta donde nos aburrió durante otros cuarenta minutos con preguntas minuciosas. Todo ello para acabar con un:

– Bueno, pues ya os podéis ir.

De repente, tanto Yolanda como yo sentimos cómo la gravedad nos atrapaba en forma de incómoda silla de consulta y nos impedía levantarnos de ella.

– ¿Esto es todo? – me atreví a preguntar.

La doctora, que desde que nos había dado permiso para salir había decidido ignorar todo lo que le rodeaba, alzó la vista por encima de unas horribles gafas de media luna que pedían a gritos una jubilación anticipada.

– Sí, podéis volver al gimnasio. – contestó mientras volvía a su papeleo.

¿No nos va a hacer la prueba de la tuberculina?

La mujer nos explicó escuetamente que no era preciso ya que no habíamos estado mucho tiempo expuestas a la bacteria. Un poco intranquila, volví a abrir la boca.

– Pero…¿y si sí que tenemos la tuberculosis?

Viendo que no iba a poder rellenar los informes a gusto, la mujer dejó el bolígrafo sobre los folios y exhaló aire pesadamente.

– No os preocupéis, de verdad. Hay muy pocas probabilidades de que os hayáis infectado. No obstante, si durante este mes os cogéis un catarro que veis que no se os pasa…

¿Qué? – Dijo Yolanda con el tono de voz un tanto elevado. – Si vemos que no se nos pasa el catarro…¿nos morimos? ¿Tenemos tuberculosis?

– Bueno, no es exactamente…

¡Vale! ¡Vale, vale! Ya lo hemos pillado. Pues nada. Nos vemos dentro de un mes cuando esté postrada en una cama tosiendo sangre. Usted mientras tanto siga aquí, “no preocupándose”.

Justo antes de salir del despacho, se acercó de nuevo a la mesa, arrancó de las manos de la mujer los papeles que debía rellenar y los hizo volar por la sala.

Menuda salida.

Qué pena que fuera la vida real y me dejase a mí sola ante una señora que no tenía nada que envidiar a los búfalos con esos resoplidos.

Y esa es la historia del mes que vivimos en el acojone pensando que el próximo catarro podría llevarnos al hospital.

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