Lo Steampunk es el RAR de la Medicina

En una tarde donde el frikismo llenaba el ambiente, lo que nos dijo un pollo nos dejó picuetas para el resto de nuestras jóvenes vidas.

Era el puente de Diciembre y sorprendentemente Yolanda y yo teníamos el día libre. En un pueblo (barrio) de Valladolor se celebraba una jornada de juegos de mesa y de rol y, por supuesto, acudimos para demostrar nuestro ridículo poder con los dados. Os voy a ahorrar los detalles de cómo mi personaje siguió a un desconocido a un callejón oscuro y siniestro y cómo dicho desconocido le voló la cara de un balazo. Sólo os diré que hubo muchos 1s implicados en el asunto*.

En una pausa bien merecida en el juego, Yolanda y yo nos dimos una vuelta por el recinto para ver los stands de cositas chulas. La verdad es que necesitábamos esa pausa. Llevábamos unas dos horas jugando y no habíamos pasado del prólogo del juego. No se puede jugar con nosotras, somos demasiado estúpidas. Es inviable.

Total, que me desvío, pero en plan bien, no cómo esos desviados asquerosos que van haciendo “eses” por la calle. Había muchos stands con mercancía variopinta, desde cómics por un euro hasta juegos romanos como las tabas y las bolsas de cuero, que no sé si eran un juego romano pero había a rabiar. En uno de los susodichos stands, había muchos relojes de pulsera; de bolsillo; llaveros; pendientes; pulseras y demás joyería de estilo steampunk/otaku/alternativo. El tendero, un joven moreno y delgaducho me sonrió y señaló con un dedo.

– ¡Yo no he sido! – dije por si acaso levantando las manos.

El chico amplió su sonrisa y me asintió con la cabeza mientras gritaba: – ¡Somos iguales! – Con la otra mano sacó un reloj del bolsillo del chaleco, porque claro, si vendes cosas steampunk es indispensable llevar chaleco. Con un poco de esfuerzo me fijé en que su reloj tenía grabado el símbolo de la Trifuerza del Legend of Zelda, famoso videojuego que si no conocéis no merecéis nada en la vida. Ese día yo llevaba una camiseta del juego y al parecer, eso regocijaba al pollo. Le sonreí con cara de circunstancia y seguí mirando los ítems expuestos en la mesa.

Yolanda y yo íbamos comentando uno por uno los raros y originales grabados en los relojes y nos reíamos de los pendientes con símbolos de animes famosos. Al final de la mesa, un reloj de pulsera se cruzó en mi camino. Era una tira de cuero larga con una pequeña esfera en el medio, de modo que te servía de reloj y de pulsera. Dos en uno.

– Oh mira, es como el tuyo. – le comenté a Yolanda.

Ésta asintió y lo cogió para observarlo más de cerca. Hecho que indicó al vendedor iniciar una nueva conversación.

– Ese reloj es muy original.

– La verdad es que sí – contesté. – Tengo en casa uno igual, me encanta.

Después de toquetear el reloj por todos lados, Yolanda lo volvió a dejar en su sitio. El chico, en su afán por seguir hablando con nosotras, intentó vendérnoslo.

– Es una pieza única, – al parecer no me oyó cuando dije que tenía uno exactamente igual – y va muy bien con todo porque al ser marrón queda muy casual.

Ya, bueno. Pero no soy mucho de usar reloj. – se excusó Yolanda.

– ¿Y eso? – porque con esa respuesta no le bastaba. Claro que no.

En mi trabajo no puedo llevar nada en las muñecas. No voy a comprar uno para ponérmelo un día y nunca más.

Claro, claro… – contestó el joven no muy convencido. – Bueno, siempre puedes coserlo al corsé.

Hubo un silencio pesado, grasiento, marrón que se acopló entre los tres y Yolanda y yo nos miramos sin saber muy bien si habíamos oído correctamente.

Eh…bueno. Es que en el trabajo llevo un uniforme. No llevo corsé…vamos, ni en el trabajo ni en ningún sitio. Directamente, no lo llevo.

– ¡Ah! Vaya… – exclamó extrañado, como si las raras fuéramos nosotras. – Bueno, hay chicas que se lo atan al cuello a modo de gargantilla. Queda muy bien.

De nuevo, nos volvimos a mirar sin dar crédito. Pero a pesar de todo, no pudimos disimular una sonrisilla cómplice.

Pero, – comenzó Yolanda. – si me lo ato al cuello…no puedo mirar la hora. – El chico le miró sin comprender a dónde quería llegar. – Cuando compro un reloj, lo mínimo que espero de él es poder mirar la hora.

Así que el vendedor cambió de táctica. Como no conseguía vender el reloj, decidió tirar por empatía. Nos preguntó en qué trabajábamos para así acercarse a nosotras, conocernos a fondo, averiguar qué nos podía vender.

– Así que sois masajistas, ¿no?

– Fisioterapeutas, no te equivoques. – añadí por primera vez.

– Bueno, para…

Como digas “para el caso” te vuelco la mesa. – advirtió la bocazas en tono de amenaza.

La cara del chico compuso una mueca de derrota y volvió a cambiar de táctica.

– Te entiendo, yo estudio Psicología que por fin ha dejado de ser una carrera de Humanidades para ser una de Ciencias.

Y de repente, cuando la frase aún flotaba en el ambiente, un vendedor salvaje apareció y se unió a la conversación. No sé de donde había salido pero en todo ese rato que estuvimos en el stand, ese tío no estaba.

– Yo siempre he dicho que la Psicología es el punto RAR de la Medicina.

Esa fue nuestra señal para volar de ahí. – ¡Adiós! Vámonos Blanca, estos tíos dan mucho miedo.

Yolanda me cogió de la mano y me llevó corriendo a nuestra mesa de juego dejando a dos jóvenes perplejos que continuaron hablando sobre las carreras comprimidas en otras carreras, y el software de un reloj analógico, y esas cosas…

¡Sed felices!

*Nota: Si nunca has jugado una partida de rol, no te preocupes que yo te lo explico: sacar un 1 es una pifia, vamos, que la has cagado de verde. Para sacar un 1 mejor te quedas en tu casa. Sí, te digo a ti Larry, es la última vez que me decepcionas.

**Nota 2.0: Ya sabéis que en los capítulos de Yolanda hay parte de verdad y parte de mentira. Pero os prometo fuertemente que este capítulo es verídico palabra por palabra. Salvo por lo de Larry, el único Larry que conozco murió en el 52.

***Nota 3: Lo siento, os he mentido. Larry murió en el 49. Siempre lo confundo con Gary.

****Nota number four: Es mentira. No conozco a ningún Larry.

*****Nota por el culo te la *****: Tampoco conozco a ningún Gary.

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