Una mujer se vuelve histérica en el autobús

En uno de estos días en los que puede pasar de todo, sucedió lo más raro que me he encontrado en un autobús.

De todos es sabido que los autobuses se vuelven locos de vez en cuando con las puertas, con la luz de solicitar parada, con los autobuseros que se piensan que están en el GTA. Lo típico.

Bueno, pues resulta que el otro día Yolanda y yo perdimos el autobús para ir a trabajar así que tuvimos que coger otra línea que hacía exactamente el mismo recorrido y que a día de hoy, no sé cuál es la diferencia entre uno y otro, porque salvo dos calles, ya os digo que es el mismo circuito. Nos montamos con toda la calma cuando llegó a la parada porque sabíamos que íbamos con tiempo de sobra.

Pero claro, CLARO, no todo son flores en el jardín de la alegría. Por supuesto, tuvo que pasar algo. Cuando sólo quedaban dos paradas para llegar al trabajo hubo un desastre de proporciones apocalípticas. O eso dicen, a mí no me pareció para tanto. En una de las paradas, una mujer que conducía una silla con un churumbel de unos tres o cuatro años, bajó del autobús con total tranquilidad. Pero, por accidente, las puertas se cerraron antes de lo debido y una de ellas rozó la silla del niño.

Tres personas, a falta de una, se levantaron alarmadas y comenzaron a gritar: – ¡¿PERO NO VE QUE ESTÁ BAJANDO UNA PERSONA?!

– QUE LLEVA UN NIÑO PEQUEÑO, POR EL AMOR DE DIOS.

– ¿ES QUE NO LO VE?

Yolanda y yo nos quitamos los cascos al unísono y contemplamos la escena un poco infartadas porque, de verdad, gritaban muy alto.

Algo consternado, el conductor se asomó al pasillo del autobús y formuló una disculpa. – Lo siento, están las puertas un poco locas.

– PERO BUENO, LAS PUERTAS NO SE VUELVEN LOCAS. QUE POCA VERGÜENZA.

El pobre hombre, rojo como un tomate, pidió disculpas una vez más. Dos de las tres personas que habían vociferado se calmaron un poco. Yo me asomé a la ventana y vi a la mujer del carrito con una llantina cojonuda. Venga a llorar y venga a llorar, mientras su hijo estaba sacándose mocos como quien saca diamantes de una mina, ajeno a todo el drama que flotaba en el ambiente.

Pensé que una vez fuera del autobús, el conductor retomaría viaje. Pero no, una de las protestantes y defensoras de la humanidad decidió seguir tocando un poco las pelotas.

– ES QUE ASÍ NO SE PUEDE, ES QUE PARA ARRIBA, ES QUE PARA ABAJO [inserte aquí bronca que no lleva a ninguna parte y con una falta grande de argumento].

Miré el reloj un poco impaciente porque no contaba con esta demora. Sólo nos quedaban diez minutos para entrar a trabajar y estaba empezado a respirar profundamente. Pero no, la señora seguía en pie de guerra y el pobre hombre tenía una cara que parecía pedir ayuda a todo el panteón nórdico. Pasó otro minuto en el que la mujer hizo aspavientos con los brazos y eso ya fue el colmo. Yolanda se levantó del asiento y levantó el brazo señalando a la señora.

– ¿¡Pero se quiere callar ya, por dios!? ¡Ha sido un accidente! AC-CI-DEN-TE. ¿No lo entiende?

La mujer se volvió hacia Yolanda y cogió aire para seguir la bronca donde la había dejado.

– TÚ DEBERÍAS ESTAR DEFENDIENDO A ESA POBRE CHICA QUE CASI SE QUEDA SIN NIÑO POR CULPA DE ESTE DESALMADO QUE NO TIENE CUIDADO.

– ¡¿Pero se puede saber qué dice?! Si apena ha rozado el carrito. Y aunque lo hubiera tocado, no hubiera pasado nada, porque es un carro, no un barco de papel.

La mujer siguió en su empeño por defender, exactamente no sé el qué. Pero gracias a que su ira ahora estaba dirigida contra Yolanda, el conductor pudo retomar viaje. Cuando llegamos a nuestra parada, la mujer, que estaba al lado de la puerta, haciendo una especie de barricada, se encaró a Yolanda y siguió con la verborrea. Yo pasé a su lado como si la cosa no fuera conmigo. La bocazas, en cambio, se arrimó a la mujer y le dijo con total sinceridad.

– Señora, cállese un mes, es usted muy, muy pesada.

Y sin más, corrió detrás de mí y ambas nos metimos en el edificio de nuestro amado y querido trabajo.

Probablemente la mujer siga barruntando sobre lo ocurrido.

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