Yolanda mata al alcalde de Valladolor

Retomando el tema de la lluvia que a mí es algo que me encanta y fascina, os voy a contar el día que Yolanda casi cometió alcaldicidio. Si es que eso existe.

Una tarde después de salir de trabajar, nos disponíamos a ir a un centro comercial cercano en busca del regalo de mi queridísima hermana. Pretendíamos ir andando para aprovechar el frío de la estepa castellana pero, ¿cuál fue nuestra mala suerte que justo cuando salimos de trabajar estaban haciendo un reboot del diluvio universal? Algo asqueadas, nos resignamos a coger el autobús y bajarnos tres paradas más adelante.

Afortunadamente, al llegar a la parada la lluvia había cesado y pudimos disfrutar de un agradable paseo de cinco minutos hasta la puerta del recinto. Una vez dentro, hicimos las gestiones pertinentes y salimos al cabo de unos quince minutos. ¿Y qué pasó? Pues que la nube nos había seguido y volvía a llover como si se tuvieran que regar las plantas del mismísimo Infierno.

Y claro, lo bonito de la primera vez es que la parada del autobús nos quedaba a diez metros de la puerta del trabajo y ésta, como dije antes, a cinco minutos. Cinco preciosos minutos en los que nos vino el agua de todos lados. Pero por fin llegamos a la marquesina. Por fin podríamos sentarnos, tranquilizarnos y más o menos secarnos bajo el techo de metal sobre el que repiqueteaba escandalosamente el agua.

– No me jodas. – exclamó Yolanda observando la pantalla que indicaba cuando tiempo quedaba para que lleguase el autobús.

– ¿Qué pasa? ¿Tenemos que esperar mucho?

– Digamos que nos vamos a jubilar antes de que llegue aquí.

– Qué bien. – comenté sin ningún tipo de ánimo. – Pues ya sabes lo que toca, ¿no?

Yolanda me miró a través de los empapados cristales de las gafas. El pelo le chorreaba por la cara y su abrigo, que había sido gris en un tiempo mejor, ahora era de color negro mojado.

– ¡Qué remedio!

La otra opción era andar hasta otra parada a unos quince minutos de distancia para coger otra línea de autobús que, por otro lado, nos dejaba más cerca de casa. Echamos a andar calle adelante cobijadas bajo un minúsculo e inservible paragüas de bolsillo que se dio la vuelta unas veinte veces antes de decantarnos por tirarlo al contenedor más cercano.

– Bueno, ciertamente no me molesta mucho lo de mojarme. Es más, me encanta la sensación de agua resbalando por la piel.

– Qué erótico ha sonado eso. – dije casi sin pensar.

– ¡Estás enferma! – replicó Yolanda.

Antes de que pudiera responder, la bocazas soltó un exabrupto que hizo que una pareja de ancianos se diera la vuelta escandalizada.

– ¡No creo! ¡No creo que haya pisado una baldosa suelta! – sacó el pie de la mentada y casi me lo puso a la altura de la cara. Sí, Yolanda es muy muy flexible.

Solté una risita disimulada y continuamos viaje mientras Yolanda se quejaba una y mil veces. – ¡Con lo que odio mojarme los pies!

– Pensé que te gustaba “sentir el agua resbalando por la piel”. – comenté para hacerle rabiar.

– ¡Sí! ¡Pero no en los pies! Los pies no. ¡No!

La historia hubiera acabado aquí si no fuera porque de camino a la parada del bus, Yolanda pisó otras tres baldosas sueltas que hizo que el agua le calara hasta las rodillas.

– Anda con más cuidado. – le dije la segunda vez.

– ¿Cuidado? ¿Por qué debo tener cuidado? Se supone que las baldosas están bien pegadas. ¿Por qué debería pensar lo contario? Si lo supiera, me lo esperaría y entonces sí andaría con cuidado. Pero el que estén sueltas es algo fuera de la norma. Pagamos los impuestos para algo, ¿no? ¡Vamos, creo yo!

– Sí, bueno. Ya sabes cómo es esta ciudad. Hay obras todos los días pero luego está todo roto.

– ¡Ah! Pues de eso nada, ahora en cuanto lleguemos a casa… *splash*

No hubiera pasado nada si esa tercera vez hubiera sido la última, pero como he dicho hace unas líneas, aún había baldosas deseosas de cubrir en halagos y agua a Yolanda. Así que claro, fue inevitable. En vez de girar a la derecha en la siguiente calle para ir a la parada del autobús siguió todo recto para coger la línea que le dejaba en la Plaza Mayor.

Burlando cual ninja la seguridad del Ayuntamiento, saltó los escalones de dos en dos, dejando un reguero de agua sucia a su paso y tiró de una patada la puerta del despacho triangular. Porque si Obama tiene uno oval, ¿por qué no va a tener de la Riva una triangular? ¡Hombre, por favor! Encaramándose a la mesa, se arrodilló sobre la madera quedando a escasos centímetros del hombrecillo que se llegaba por el tercer infarto. Un día más, Yolanda sacó el dedo a pasear y lo clavó en el pecho de nuestro amado y respetadísimo alcalde.

Es la última vez que me traicionas.

Y por fin, seguridad se hizo con ella y le ofreció una salida galáctica del Ayuntamiento con puntapié en el trasero incluído. Yo estaba a cubierto bajo el soportal del edificio. Vi acercarse a la bocazas que se acariciaba el trasero con cara de dolor.

– ¿Y bien? ¿Has conseguido que nos deporten del país? – pregunté con resignación.

Le he dejado bien clarito a ese pint…

*splash*

Feliz Hanukkah

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