La lista de la compra definitiva

Como esta semana no me ha pasado nada digno de contar, a parte de las múltiples aventuras que vivo cada día en el trabajo y de las que he decidido no relatar nada por motivos obvios, he preferido escoger de mi colección de “relatos recurrentes para reuniones sociales de emergencia”, una historia añeja.

Una de esas historias que sólo podían surgir de la ardua convivencia con mi complemento directo. No porque sea muy letrado sino porque mira directamente a los ojos del espíritu de Darwin día a día y le dice: “Te reto a que digas que sólo sobrevive el más apto, te reto dos veces”. Por supuesto, estoy hablando de mi queridísimo Roger McOg.

Esta historia data del año 2014 por los abriles de la vida (por ejemplo, porque no me acuerdo de cuando fue).

– Tíos, ¿en qué momento de tu vida decides comprarte un Múltipla? – pregunté mientras veíamos los dibujos de media tarde. Sí, íbamos a la universidad. A la de la vida.

– Pues no lo sé. – contestó Roger. – Supongo que la gente que quiere formar una familia. Para que entren todos los churumbeles.

– Joder, si quieres formar una familia te compras la furgoneta del Equipo A.

O la Máquina del Misterio de Scooby Doo. Incluso el ECTO-1 de Los Cazafantasmas.

– Sí, pero no un Múltipla tío. Es de ser maleducado.

Nos quedamos callados contemplando las maravillas de la animación para adultos con esa reflexión sobre nuestras cabezas.  

– ¿No ibais a bajar a comprar? – preguntó Roger en cierto momento.

– Uy sí. ¿Has hecho la lista de la compra?

Roger negó con la cabeza y se fue a prepararla mientras Yolanda y yo nos poníamos nuestro mejor chándal de ir a por comida.

*Flashforward al supermercado*

Yolanda empujó el carro con bruta suavidad y subió los pies al metal mientras yo iba echando los productos al interior.

 Roger se ha quedado solísimo escribiendo la lista. Parece la lista de víveres de Noé, no me jodas.

– Y eso que me dijo que sólo necesitábamos cuatro cosas.

– Bueno, es medio cordobés, lleva la exageración en la sangre. – dijo mientras empujaba sutilmente cuatro tabletas de chocolate dentro del carro.

– Entonces tú debes ser la andaluza definitiva.

Es bromis. He echado mano de un estereotipo burdo y chabacano. (Pero todos los andaluces que conozco son exagerados de cojones).

Ja, ja, ja.

De vuelta a casa con el camión de la mudanza lleno de comestibles (yo no soy andaluza pero me encanta echar mano de la exageración, ¿qué pasa?) comenzamos a colocar las cosas en sus respectivos armarios y cajones. Roger apareció casualmente por la cocina y se puso a ayudarnos con cara de póker. Digo casualmente porque Roger siempre anda de manera casual. Es muy como “pasaba por aquí” pero durante toda su vida.

– ¿A qué viene esa cara, Roger?

Éste se quedó así como taciturno mientras colocaba lentamente las cosas en la despensa. – Es que…hay muchas cosas, ¿no?

– Pues lo que ponía en la lista, tolai. – replicó Yolanda lanzando una bolsa de zanahorias al cajón del frigorífico como si fuera una red de baloncesto.

– ¿La lista? – Roger se rascó la cabeza dubitativamente y Yolanda y yo nos miramos temiéndonos lo peor. – Chicas, en la lista estaba apuntado lo que ya tenemos en casa.

Yolanda fue la primera en reírse, dejó caer el pack de rollos de papel higiénico al suelo y se fue de la cocina para reírse a gusto en la comodidad del sofá.

– Og Roger, haces honor a tu apellido. De verdad.

Y esa es la historia de la semana que repetimos comida veinte veces.

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