El dios del vino

¿Alguna vez habéis intentado ir de listos y os ha salido el tiro por la culata? A mí me pasa más a menudo de lo que me gustaría. Y a Yolanda no os cuento porque nos perdéis el respeto.

Esta historia se sitúa en el centro comercial de la ciudad de mis amores: Ponferrada. En el piso superior se encuentra la zona de restaurantes y de esparcimiento. Hay desde una lasañería hasta comida auténticamente berciana (eso dicen). Y por supuesto, hay un restaurante griego.

Lo abrieron el año pasado y embargados por la emoción lo probamos. Sin más, tienen comida curiosa que está muy buena pero ya está. El caso es que cada vez que íbamos al centro comercial lo encontrábamos vacío. Algún despistado hay de vez en cuando que se deja caer para probar una musaka o un yogur con miel. Por supuesto, el yogur griego.

Total, que este fin de semana, Yolanda y yo nos dejamos caer por allí y nos sentamos cerca del mentado restaurante. Comíamos en silencio, cosa rara en nosotras ya que hablamos hasta dormidas. Pero esa noche, Yolanda no apartaba la mirada del letrero luminoso con el nombre del restaurante.

– ¿Qué te pasa? – pregunté con una patata en la boca. Yo es que soy muy fan de hablar con la boca llena de comida.

– Ese cartel me está perturbando el alma.

– ¿Por?

– ¿No lo ves? – me miró con cierto odio reflejado en los ojos. – Es un restaurante griego…que se llama Dionisos.

– ¿Y? – me encogí de hombros sin darle mucha importancia.

Mal.

– ¿Cómo que “y”? ¿¡Cómo que “y”!? ¡No entiendes nada! Dioniso es el nombre romano del dios del vino. ¡El griego es Baco!

– ¿Y?

– ¿Me estás vacilando? ¡Es un restaurante griego, por el amor de Dios!

– Bueno…no pasa nada. No parece que el mundo se haya acabado ni que nadie se haya dado cuenta.

– Es como si yo abro una tienda con cosas del Barça y pongo en todo el escudo del Real Madrid. ¡Es de mala educación!

– Hombre tía, – repliqué mientras rebañaba el ketchup con la última patata frita. – no compares. La gente conoce de sobra al Barça y al Real Madrid.

– El señor que tiene esta cadena ha fracasado en lo básico. En poner nombre a su negocio. ¡Pues no me voy a callar, hombre!

Acto seguido, se levantó tirando la silla hacia atrás y se dirigió a la barra donde una empleada reponía ingredientes.

“¿Qué hace, qué hace?” pensé alarmada.

No oí la conversación pero la vi gesticular espasmódicamente y llevarse las manos a la cabeza. La mujer al otro lado de la barra puso su mejor cara de circunstancia y asintió varias veces con un cierto temor reflejado en el tembleque de sus manos.

Unos minutos después, Yolanda regresó a la mesa y me dijo con una sonrisa: – Ale, arreglado. ¡Vámonos!

– Te han echado, ¿verdad?

– No pienses que nos han echado, piensa que ya no tenemos nada más que hacer y que es hora de volver a casa.

– Og, Yolanda.

………

Como unas tres horas más tarde, después de volver a casa, seguir comiendo otro rato más y ver una película que no se acababa nunca, Yolanda se levantó del sofá de un brinco y me miró con una sonrisa en los labios.

– ¿A qué no sabes una cosa?

– Probablemente, pero me lo vas a contar de todas formas así que no. No lo sé.

– Dioniso es el nombre griego y Baco es el romano. Estaba bien puesto en el restaurante.

– Felicidades. Eres idiota y te han prohibido la entrada a un restaurante.

Por bocas.

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