El pescado sin cabeza

Pocas son las veces que Yolanda y yo hemos tenido que hacer la compra de la semana en Valladolid. Pero dejadme que os diga que siempre que la hacemos pasa algo. Es la ciudad, que tiene algo especial.

Total, que el martes pasado bajamos al supermercado a comprar las cositas del hogar, para comer y subsistir, vaya. El sitio estaba llenísimo, como siempre. Y más habiendo sido el día anterior festivo. Porque de todos es sabido que antes de un puente, la gente asume que se avecina un apocalipsis zombie y tienen que comprar hasta el último bote de judías rancias. Pero claro, una vez acabado el puente y llegados a la tierra prometida y al resurgir de la humanidad hay que volver a llenar la despensa. Pues eso, que el supermercado estaba jartísimo de gente.

Entre que la lista de mi madre era infinita y que las cosas, que por lógica, deberían estar cercanas estaban cada una en una punta del recinto, tardamos la vida. Después de pasar media hora dando vueltas, esquivando señoras locas con los carritos que eso parecía el circuito de Montecarlo y esquivar lanzamientos de producto a carro digno de las Olimpiadas, fuimos a nuestro último destino antes de pasar por caja.

En la pescadería no había mucha gente, un par de señoras, las típicas que quieren medio océano Pacífico para ellas solas. Pero no tardamos por ellas, no. Que va.

Al parecer, el requisito fundamental para que te contraten en sitios de estos es el de ser lento no, lo siguiente. Y si encima no te enteras de la misa la media, te hacen contrato fijo. La cosa sucedió del siguiente modo.

– Hola buenas, me pones una dorada. – dije en tono jovial.

La pescadera, una mujer de unos cuarenta años seleccionó un magnífico ejemplar y lo puso en la tabla de cortar. – ¿Cómo lo quieres? – preguntó cuchillo en mano.

– Pues partido a la mitad, sin cola ni cabeza que es para hacerlo a la plancha y sino no me entra en la sartén. – porque yo cuando compro me vuelvo muy señorona.

– ¿Para la plancha? Hum, entonces te lo parto a la mitad, ¿no?

– Eh…sí. – dije convenciéndome a mí misma de que no me había oído.

– ¿Le quitamos la cabeza? – preguntó la pescadera.

– Sí, y la cola también, por favor. – vale, o la tía era sorda o me estaba vacilando.

– Osea, que lo quieres sin cabeza, sin cola y la mitad.

Vamos a ver, señora. – Yolanda no podía pasar más tiempo ignorando la situación a pesar de que le gustase mucho tener la cabeza metida en las cámaras de refrigeración. – Creo que no es muy complicado de entender. La dorada que tiene ahí la queremos SIN CABEZA, SIN COLA, y PARTIDA A LA MITAD. Estoy convencida de que no es su primer día y mucho menos que es usted sorda. ¿Me equivoco?

¿Queréis un consejo? Nunca amenacéis a alguien que está sujetando un cuchillo de pescadero. No mola. Y menos que te señalen con él.

Aun así, nos fuimos a casa con la dorada SIN CABEZA, CON COLA y SIN PARTIR A LA MITAD. Y demasiado que la mujer se dignó a atendernos.

Y el resto ya lo sabéis, otros quince minutos de cola esperando a la cajera más lenta del mundo y para casa.

¡Y nos olvidamos el té!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s