Lluvia Ácida

En Valladolid no llueve agua sucia como en el resto del mundo. En Valladolid llueve ácido. Es un ácido que te penetra hasta lo más hondo de tu ser y te deshace los huesos en cuestión de segundos. Un ácido capaz de traspasar paraguas, chubasqueros, botas de agua y una armadura. Así de ácida es nuestra lluvia.

Gracias a mi deficiente sistema inmunitario, he desarrollado una especie de  resistencia al ácido que se compensa con ser alérgica a mi propio sudor.

Yolanda, ¿qué haces?

Les cuento lo de la lluvia.

Ah, guay. Fue un gran día.

Total, que gracias a mi super sistema inmunitario, soy capaz de resistir a nuestro némesis particular.

Espera, ¿qué narices dices?

Les cuento lo de la lluvia ácida y el calvo.

¿Qué lluvia ácida? ¿Qué dices? Mira, ya lo cuento yo, ¿vale? Hazte a un lado.

Sí, bwana.

Lo que Yolanda ha querido decir con todo lo anterior es que en Valladolid llueve en Otoño, como en todas partes, pero aun así, la gente siempre se sorprende y se vuelve histérica. Y resultó que el otro día teníamos que coger el autobús y como llevábamos toda la tarde en el trabajo no sabíamos si llovía, nevaba o nos habían invadido los aliens. Así que claro, cuando salimos a la calle y vimos el panorama nos sorprendimos. No de la lluvia, ya hemos visto llover más veces, sino de la gente que corría de un lado a otro en desbandada como si cayeran meteoritos.

Lluvia ácida, lo que yo decía.

Afortunadamente, la parada de autobús está justo en frente del trabajo así que nos tomamos toda la calma del mundo en llegar hacia ella. Aún faltaban un par de minutos para que llegara nuestro autobús así que nos apretamos contra la gente bajo la marquesina. Pasados unos minutos noté una perturbación en la fuerza y a continuación el autobús dio la vuelta a la esquina. En marabunta, la gente se apiñó contra el borde de la acera y comenzaron los empujones y la histeria colectiva. Nosotras, con toda la tranquilidad nos pusimos en la cola mal formada que se acababa de crear.

Claro, en lo que la gente cerraba el paraguas, entraba en el autobús, pasaba el bonobús y se decidía a avanzar por el interior del vehículo, a la gente de la calle nos había dado tiempo a coger cuatro resfriados. Y por supuesto, en una cola tan abundante, algún gilipollas tenía que haber. En esta ocasión, tan brillante papel recayó sobre un caballero de unos setenta años de jersey verde y una brillante calva. El hombre, situado detrás de nosotras empezó a gritar y a empujar.

– ¡Vamos! Entrad sin pagar, ¿qué más da? ¡Me estoy mojando!

“Usted sólo” pensé. Pero decidí callarme porque la lluvia vuelve muy retrasada a la gente.

Cuando los gritos y los empujones no hicieron mella en la gente que subía al transporte, el hombre pasó al plan B, colarse vilmente. Empezó empujándome suavemente para después placarme sin ningún tipo de sutileza. Me retiré de malos modos y el señor siguió con la siguiente presa. Pero a Yolanda no le toca nadie las narices, y menos en un día de lluvia.

Una mujer que había visto la escena me ofreció cobijarme bajo su paraguas en lo que la cola avanzaba. Divertida, presté atención a la escena que se venía encima.

Una vez más, el hombre empujó a Yolanda como lo había hecho conmigo sólo que ésta, cuando quiere, no la mueve ni Dios. Lanzó una mirada de advertencia al hombre, pero éste no desistió en su intento por que sus huevos fueran los primeros en subir al autobús. A la siguiente vez que le empujó, Yolanda se hizo a un lado pero empujando sutilmente al hombre mientras lo hacía. Eso me sorprendió bastante ya que el hombre se merecía una buena contestación.

– ¡Pase! ¡Pase usted primero, por favor! No se le moje el pelo, pobre hombre. Nada me disgustaría más. ¡Corra!

“Eso está mejor” pensé con una sonrisa. La mujer del paraguas disimuló una risita con una tos muy mal fingida.

El amable caballero no sé si no se enteró o no se quiso enterar porque no dijo nada. Pero el plan de Yolanda no acabó ahí. Justo cuando el hombre iba a poner un pie en el autobús, Yolanda le hizo una finta estupenda y se puso justo delante. Rebuscando entre los bolsillos la oí murmurar un “¿Dónde estará mi tarjeta?” El baile de los bolsillos duró medio minuto en los que al hombre le dio tiempo suficiente de cagarse en todo el árbol genealógico de la bocazas.

Pero fue una gran victoria ya que el autobusero que había visto de sobra cómo el hombre tocaba las pelotas a todas las personas de la cola, sonrió ampliamente y le agradeció el descortés gesto a Yolanda.

Además se quedó sin sitio porque el bus estaba a reventar. Cosa que no le pasó a Yolanda porque una chica que también lo había visto todo le había guardado expresamente el sitio.

Yo sigo pensando que era lluvia ácida.

Lo mismo era un Gremlin y no podía mojarse.

Ahora entiendo por qué era tan gilipollas.

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3 thoughts on “Lluvia Ácida

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