La amenaza

Recientemente, Yolanda y yo (y más gente) nos hemos tomado unas merecidas vacaciones surcando los mares del sur. Para ser más concreta, el mar del sur. Vale, el Mediterráneo. Pero, ¿qué queréis? Somos universitarias.

Hemos hecho un circuito sensual por Túnez, Nápoles, Roma, Pisa, Florencia y Mónaco. Y nos ha gustado todo mucho, gracias por preguntar.

¿Estás segura de que “nos ha gustado todo”?

– Bueno, todo, todo, no.

Cuéntales lo de Mónaco.

– No…no creo que sea necesario Yolanda.

– Oh, pues yo creo que es muy necesario.

– Aish…está bien, contaré lo de Mónaco.

Resulta que la última parada era en Villefranche, un seguramente encantador puebleclito del sur francés. Y digo seguramente encantador porque lo único que vi fue el puerto y la parada del autobús. Mágico. De ahí teníamos que coger un autobús que llevaba a Mónaco.

¿Que qué tiene de especial Mónaco? Ah, pues muchas cosas, el casino de Montecarlo, el circuito de Fórmula 1, el…¡ah! espera, ¡que solo tiene eso de especial! Y adivinad a quién se la trae floja los casinos o la F1. Para que os hagáis una idea, Mónaco es el Benidorm rico de los franceses. Apartamentos altos, yates y yates y coches súper caros. Creo recordar que había un par de murallas y un castillo que hubiera sido interesante ir a visitar. Pero preferimos patearnos la carretera del circuito porque claro, ¡es la F1! ¡Viva!

Pero bueno, esta historia no trata de eso, la anécdota surgió en la misma parada de autobús de Villefranche. Se suponía que para ir a Mónaco íbamos a coger el tren, pero resulta que los paisanos de la ferroviaria estaban de huelga, así que cerca de 10000 turistas rabiosos optaron por coger el autobús. Como estuvimos bastante espabilados no había mucha cola y avanzó rápidamente. Pero entonces, los siguientes autobuses comenzaron a llegar completos y a alguien se le ocurrió la feliz idea de “ir unas paradas antes para pillarlo vacío”. Yolanda, en un acto de análisis de la realidad, nos hizo ver que esa estupenda idea se le había ocurrido a ella y a otras 500 personas que estaban detrás de nosotros. Así que optamos por lo más fácil, quejarnos y quedarnos parados en el sitio lamentándonos de nuestras desgracia.

¿Soy solo yo a la que esta situación no le parece para tanto?

– No, tranquila, – le contesté. – a mí no me parece para tanto. De lo malo podemos ir a Niza o visitar este pueblo.

¡Pues no! Había que ir a Mónaco por cojones. Así que nos quedamos esperando como paletos. Por fin, los empleados del servicio de autobuses se sacaron la cabeza del culo y  se dieron cuenta de que tenían que ampliar su flota de vehículos. Mientras esperábamos, llegó otro autobús que no estaba completo, pero unas fulanas aleatorias que NO estaban en la cola, salieron de la nada y se colaron. Delante de nosotros, había un grupo de señoritas andaluzas muy educadas todas ellas.

– ¡COMO TE ENCUENTRE POR MÓNACO TE DEJO CARVA, GORDA DE MIERDA!

– SÍ, TE DICE A TI, RUBIA DE BOTE.

– TE VAMOH A PARTIR LA CARA, CERDA.

Y otras lindezas varias. Recordad que he dicho que eran andaluzas.

Evidentemente, como ellas se habían colado, la gente de la cola se vino arriba en un momento y comenzó a empujar. Y a una de las andaluzas de delante casi le borran la cara del mapa con el retrovisor del autobús.

En fin, el autobús se fue y nosotros seguíamos ahí, como los panolis que éramos. Un tipo que trabaja en lo de los autobuses se acercó y nos comentó que el siguiente autobús venía vacío y era exclusivamente para nosotros los turistas. Nice. Como a la gente todavía le envolvía la emoción, seguía empujando y las andaluzas y nosotros estábamos apiñados luchando por no caernos a la carretera. Fue ahí cuando todo se desmadró. Tanto Yolanda como yo, no soportamos las multitudes y menos que nos estén empujando, así que nos separamos del tumulto.

– No hace falta que estemos todos apiñados, chicos. – dije a mi grupo de amigos. – Ya sabemos en qué orden estamos.

– Sí claro, – me dijo una andaluza, – para que oh coléi.

– Uhm…no. Como he dicho, ya sabemos en qué orden vamos. Sabemos que vais las primeras. No vamos a tener la cara de colarnos.

– Ya, pero eso yo no lo sé.

– Vale, como quieras. – Y me apoyé contra la marquesina. – Se acabó la discusión.

Entonces Yolanda hizo algo que jamás había hecho antes, ser amable con la gente. Y normal que no lo haga a menudo, porque le costó caro.

Chicas, – dijo dirigiéndose a las andaluzas – tened cuidado no os vayan a empujar y os caigáis a la carretera.

Entonces una chica se dio la vuelta, bueno, una chica o un chico porque esa mandíbula de luchador mejicano no era normal para una mujer de 20 años.

– ¿Noh estáh amenazando?

Yolanda se quedó perpleja, y con razón. De todas las posibles respuestas desde “gracias, muy amable” a “se cuidarme yo sola”, esa no era una de ellas. Sorprendentemente, Yolanda guardó la compostura y no dijo nada, pero yo intervine.

– Eh…no, no os está amenazando, pero antes la gente ha empezado a empujar y a una de vosotras casi le atropella el autobús. Sólo quería avisaros.

– Pero eso seráh problema nuehtro, ¿no? – dijo una que parecía que había metido los dedos en el enchufe.

– ¿Qué pasa, noh vah a empujar tú? – añadió otra dirigiéndose de nuevo a Yolanda.

Ahí ya habían pulsado demasiados botones y Yolanda explotó. Pero no como una mujer rabiosa que no deja de gritar, sino bajito, sonriendo.

– Pues no, pero con ganas me estoy quedando, a ver si se te cura el retraso que te gastas.

Después, nada.

Gritos, tirones de pelo, insultos en andaluz, que son muy elaborados pero poco efectivos.

¿Y sabéis lo mejor de todo?

Que nada de eso pasó, pero hubiera sido muy divertido. Lo que sí paso fue que no habíamos visto a esas pavas en todo el viaje y ese día nos las encontramos en todas partes. Y cada vez que nos las cruzábamos, a Yolanda se le hinchaba la vena homicida. Como una especie de prueba divina.

Hubiera sido bonito partirles la cara.

Muy, muy bonito.

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