El videojuego

¿Conocéis la expresión “Por qué le pasan cosas malas a la gente buena”?

Nosotras la conocemos como el número de la Seguridad Social el día que te lo dan. Deberíamos haberlo sabido, deberíamos haberlo esperado. Deberíamos, pero no lo hicimos. Estábamos demasiado emocionadas como para pensar en nada más. Después de esperar toda la tarde del día anterior a que se instalase, el juego estaba listo y nosotras dispuestas a perder nuestro valioso tiempo en un mundo ficticio rebosante de epicidad.

Pulsamos el Play con crecida admiración y escuchamos embelesadas la perfecta banda sonora que nos traía recuerdos de pasadas aventuras en la misma tierra. Y el creador de personajes. ¡Oh, el creador de personajes! Miles de posibilidades para hacer tu guerrero definitivo. Y nosotras lo pensábamos hacer, vaya que sí lo íbamos a hacer. Sería el guerrero más temido y respetado de todo el juego. Se compondrían sonetos con nuestras aventuras.

Pero no pudo ser. De pronto, el juego dejó de funcionar así que tuvimos que salir y volver a entrar. Sin embargo, el botón de play había desaparecido. No había rastro de él. En su lugar, apareció una pequeña ventana con el siguiente mensaje.

Necesitas 60Gb de espacio para seguir jugando”

– ¿Perdona? Rápido, mira a ver cuánto tiene el ordenador.

Rápidamente, obedecí a mi amiga y en unos segundos nuestra cara puso una mueca de sufrida frustración. ¡Sólo disponíamos de 42Gb! Sin siquiera pararnos a pensarlo, empezamos a desinstalar programas que apenas usábamos. Pero ni con eso conseguimos el espacio necesario. Recurrimos al plan B, comprimir el disco duro. Esperamos horas y horas a que acabase la compresión e intentamos abrir de nuevo el juego. Nada.

Nuestra desesperación crecía por momentos. Miré a Yolanda con angustia.

– ¿Sabes lo que toca hacer no?

¡No! Me niego. ¡Ni de coña! Sabes que la conexión aquí es pésima. Tardaríamos siglos.

No nos queda otra opción Yolanda, tenemos que desinstalar el juego y reinstalarlo.

Como si hubiera sido ella la que perdió el peñón de Gibraltar, Yolanda se tiró de rodillas al suelo y clamó a los dioses del techo de la cocina la dichosa expresioncita.

¡Dios! ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?

En un intento de hacerme la graciosa, le dije: – Yolanda, no te engañes. No eres buena, por eso te pasan cosas malas. Lo que no sé es porqué pago el pato yo también.

Mi amiga me miró con cara de asesina y se puso en pie. Alzó las manos con violencia y cuando pensé que todo iba a acabar, que mis padres me encontrarían descuartizada en la cocina a manos de una lunática, Yolanda se tapó la cara con las manos y gritó con fuerza. Cuando se cansó, y no os creáis que esta tía se cansa rápidamente, me miró con resignación y me dijo: – Está bien. Desinstalemos a este bastardo.

El ordenador se pasó toda la noche instalando el juego, y por supuesto, yo me pasé toda la noche aguantando el zumbido del ventilador. Ese cacharro parece el motor de un avión. Nos despertamos bien entrada la mañana y lo primero que hicimos fue comprobar que el juego estaba listo para ser usado.

Nuestro gozo en un pozo. Y bien profundo además.

¡Sólo había instalado un 8%! ¡Un maldito 8%! Ambas suspiramos profundamente y nos fuimos a desayunar. Con una galleta en la boca, Yolanda se dirigió a mí. Tiene la cochina manía de hablar con la boca a reventar de comida.

– ¿Sabes? En parte, esto es bueno.

– ¿El qué es bueno? ¿Qué mi ordenador haya estado 24 horas encendido?

No, que no hayamos podido jugar.

Le miré con incredulidad. – ¿Me lo estás diciendo de verdad? ¿La tía que lleva emocionada con este juego desde que vio el primer tráiler el año pasado? ¿La tía que ayer me dio todo el coñazo durante 4 horas de viaje?

Yolanda me sonrió, lo cual da bastante cague, y siguió desayunando. Esperé toda la mañana y parte de la tarde a que algo sucediera. A que Yolanda me reconociera que lo había dicho de mentira o a que me revelara que en realidad se iba a morir en unas horas y estaba agradecida de no haberlas malgastado sentada en una silla mirando a una pantalla. Finalmente, a mitad de la tarde retomó la conversación del desayuno.

Sí porque, imagínate la vida de los demás.

– ¿De qué hablamos exactamente? – dije por encima de un cómic.

Claro, porque ellos quieren jugar a un videojuego, así que lo instalan y listo. A jugar. O a lo mejor quieren ir a un concierto. Pues compran la entrada y arreglado.

– Ay, Dios…

O imagínate que  quieren hacer paracaidismo. Seguro que ese día les hace buenísimo y no tienen ningún problema.

¿Adónde quieres llegar con esto Yolanda?

Ella me cogió las manos, tirando mi cómic al suelo en el proceso, y me miró con ojos de fanática.

¿No lo ves, Blanca? Vivimos una vida formidable llena de contratiempos. Si queremos algo, tenemos que luchar por ello, no nos lo van a dar gratis. ¡Tenemos una vida increíble!

En cuanto dijo aquello, me aferré imitándola en su locura y asentí vehementemente. – Tienes razón Yolanda. Seguro que cualquier domador de fieras cambiaría su monótona vida de jugarse la vida con criaturas asesinas por nuestra vida de planes fracasados.

Acto seguido, me solté de su agarre y recuperé mi cómic del frío suelo de baldosas.

Al final, después de tres días instalando el juego, conseguimos acceder a él. No fue nada del otro mundo. Y tuvimos que dejar de jugar porque nuestro fiero guerrero se salió del mapa y no pudo volver a entrar.

¡Venga ya! Quiero decir, ¿cómo narices te sales de un mapa?

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3 thoughts on “El videojuego

  1. Laura Colina Freitas says:

    Ains, es tan bonito cuando le pasan cosas malas a otras personas. A mi me ocurre esto con CADA UNO DE LOS JUEGOS QUE INTENTO INSTALAR… Lo precioso es que cada vez es un error diferente, no hay dos iguales… la vida, que es así de maravillosa.
    Recuerdo el bendito dia que intentamos instalar el WOW… Una. Puta. Semana instalandolo, desinstalándolo, volviendolo a instalar, viendo que pasaba… la vida del gafe es una vida lamentable.

    PD. Me alegro que hayas vuelto a la carga, lo echaba un poquillo de menos (Un poquito na’ más)

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