Carrera Rápida

La de que Yolanda y yo íbamos de camino a la parada del bus cuando en la última curva vimos al vehículo acercarse a la marquesina.

Y la de que Yolanda y yo nos echamos la carrera de nuestra vida en pos del dichoso carruaje que nos conduciría a nuestro hogar de una vez por todas.

Pero sobre todo, la de ese guasón conductor que pasó de largo aun habiendo llegado antes que él a la parada.

Pero como aquí la gente es de buen corazón, frenó unos metros más adelante y nos permitió subir al interior.

– Lo siento chicas. No sabía que ibais a montar. – se disculpó el afable funcionario.

– Pero…si íbamos corriendo hacia aquí y haciendo aspavientos para que nos vieses… – le expliqué un poco desconcertada.

El conductor soltó una risita aguda. – Es que pensé que estabais jugando. Ya sabes, presiguiéndoos la una a la otra.

Terminé de pagar con una sonrisa muy falsa y me dirigí hacia un asiento libre no sin antes escuchar detrás de mí a Yolanda, que era su turno para pagar.

– Es usted imbécil. Así de claro se lo digo.

 

Pero en el fondo el paisano era hamor.

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