El euro solidario

Allí nos hallábamos cual pánfilas. Mirando desde el balcón de casa las luces de la ciudad. Creyéndonos las señoras del feudo. Dejando que una prepotencia vírica creciera en nuestros corazones. Éramos las dueñas del lugar, las primeras damas. ¡Éramos diosas!

Oye, ¿no tenías que enviar un paquete hoy?

– ¡Cagontó!

Miré hacia la calle donde estaba la famosa empresa de paquetería urgente y vi que las luces aún estaban encendidas. Privilegios de vivir en la cima del K2.

– Ya podemos volar hasta allí antes de que cierren.

– ¡Ah! Ahora no te parece tan idiota mi idea de poner una tirolina que llegue a la calle, ¿verdad?

Le mostré de una manera muy elegante mi dedo corazón y cogí la caja de cartón que tenía que enviar. Diez minutos más tarde, (sí, vivir muy alto mola porque ves el paisaje pero el ascensor toma un desvío por el Averno antes de llegar a la planta calle) llegamos a la oficina que estaba “originalmente” decorada con adornos navideños hechos con material reciclado. Nos tocó esperar unos veinte minutos porque una pareja estaba enviando cadáveres a Córdoba o algo así y les estaba llevando bastante tiempo.

Cuando finalmente llegó nuestro turno, nos atendió una simpática señora que hizo el arreglo bastante rápido. En realidad no, pero me gusta pensar que ocurrió así. Había elegido esa empresa y no la típica y súper efectiva Correos porque me habían prometido un precio especial por ser estudiante de la universidad.

¡MENTIRA TODO!

Al parecer, esa “oferta” había cambiado y ahora, aunque fueras estudiante, eras parte de la escoria y del populacho de la ciudad y te tocaba pagar lo que a todo el mundo. En realidad era un poco más barato pero si no exagero no me quedo a gusto, oye. En fin, que después de todo el papeleo y una estupenda conversación con otra dependienta (en la que no participé), la mujer me dijo el precio final.

– Pues son 2,15€. – Empecé a sacar las monedas de la cartera diligentemente. – Ah, más el euro solidario. Lo que hace un total de 3,15€. – Después de mirarle con cara de idiota durante unos nanosegundos, saqué otro euro y puse todo en el mostrador.

Yolanda, que hasta entonces había estado discutiendo con una planta de plástico, se acercó al mostrador y sonrió con esa cara de loca psicópata que tanto nos gusta.

Perdone, ¿puede repetir?

La mujer le miró por encima de las gafas de pasta. – Sí, son 2,15€ más el euro solidario, por lo que se queda en 3,15€.

– Es que creo que no lo he entendido bien. ¿Euro solidario? ¿Qué es un euro solidario?

Oh, pues es una campaña que tenemos para nuestra Acción Social que trata…

Sí, sí, sí, no estoy interesada realmente. Lo que no entiendo es por qué lo llamáis solidario.

La mujer cada vez se estaba poniendo más nerviosa pensando que estaba lidiando con una persona de mentalidad reducida. – …Pues….porque es un euro – para colmo, la señora se puso a hablar como si realmente estuviese hablando con un bebé. – que tú nos das…para que nosotros hagamos…una buena obra. ¿Entiendes?

Yolanda permaneció callada durante unos segundos, asintiendo vehementemente con la mirada en algún punto detrás de la dependiente. Después de su reflexión interna, se acercó aún más al mostrador de manera que su cara estaba a unos cuantos centímetros de la de la empleada.

Entonces… -dijo con el mismo tono y velocidad que había usado la mujer. – si me obligáis a pagar un euro…ya no es “solidario”. Solidario sería…si vosotros me explicases que tenéis un programa de Acción Social…y yo os doy mi euro para que lo destinéis ahí…Lo que usted tiene, señora mía, es un euro obligado.

A mí se me caían las lágrimas de la emoción, por primera vez en años, no quería asesinarla violentamente sino hacerle la ola porque tenía más razón que un santo. Saqué unas vuvucelas mentales y un tambor para acompañar el momento.

Lentamente, Yolanda sacó su cartera y rebuscó hasta encontrar una moneda de un euro que colocó lentamente y de canto encima del mostrador.

He leído el cartel de su Acción Social. Este euro va destinado a ella. – Con su dedo índice tumbó la moneda que hizo eco por toda la oficina. – Se lo doy yo porque quiero. ESTO es mi euro solidario.

Y bueno, luego salió Dios a dar un discurso y entregó un Nobel a Yolanda y lo típico.

Flins.

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