Un volcán

YOLANDA BOCAZAS CAP. 12 – UN VOLCÁN

 

– ¿Alguna vez te has replanteado tu vida?

¿Qué? – Yolanda me miró como si acabase de hablar en pársel. – No, ¿por qué?

– Es una tontería, pero antes me puse a borrar mensajes del móvil y bueno…la mitad eran de gente pidiéndome favores y la otra mitad de gente que no podía quedar conmigo.

Eres un poco pringada ¿no crees?

– Gracias Yolanda, no sé ni para qué te cuento nada.

Yolanda se acercó a un banco aleatorio de una plaza que solemos frecuentar y se sentó. Me miró con lo que creo que era ¿ternura? y palmeó la madera para que me sentara. La muy lista quería montar una escena peliculera en pleno Diciembre con ese rico calor del trópico vallisoletano. Aun así, agradecí el gesto y me senté a su lado.

A mí también me pasa lo mismo, ¿sabes? Pero no merece la pena hacerse mala sangre. Pasa y ya está.

– ¿Pasar? ¿Cómo puedes pasar de algo así?

Bueno, pues si no quieres pasar del tema, podemos recurrir al plan B.

Puse mi mejor cara de escepticismo y me atreví a preguntar. – ¿Qué consiste en?

Fácil. Imagina. Un volcán a un lado y al otro lado toda esa gente, ¿me sigues? – asentí con mayor atención de la que debería estar prestando. – Bueno, pues ahora lo juntas todo y solucionado, toda esa gente de cabeza al puto volcán. BOOM. Adiós.

Me quedé callada durante unos minutos en los que Yolanda me miraba con una ilusión desquiciada. Como cuando el gato te deja ante tus pies un pájaro descuartizado como regalo de bienvenida a casa. Finalmente solté una risa seca y le miré con los ojos húmedos.

– Eres increíble.

Yolanda se encogió de hombros y sonrió con aires de suficiencia.

Me lo dicen a menudo, pero me gusta oírlo viniendo de ti.

– ¿Así que a un volcán? Le veo un pequeño fallo al plan. – Yolanda me miró dubitativa. – Cuando invitase a mis amigos al volcán, ninguno querría quedar conmigo.

Hubo un silencio que duró unos segundos y que acabó en una risotada en estéreo en mitad de la plaza. Caminantes ajenos a la situación nos miraron como si estuviésemos chaladas pero siguieron con su vida como si ignorarnos fuera la mejor manera de callarnos. Cuando nos cansamos de reír, Yolanda se secó la lágrima que se le escapaba por la mejilla y respiró profundamente.

Pero en serio, ¿cómo te vas a replantear tu vida?

Yo me puse todo lo seria que me podía poner dado que seguía pensando en el volcán y lo fácil que sería todo.

– No lo sé, la verdad. Puede que me vaya lejos de aquí, empezar de cero en otra ciudad, puede que en otro país.

¿Por ejemplo?

Me encogí de hombros y subí las piernas al banco.

– No lo sé. ¿Dinamarca? ¿Reino Unido? Quién sabe.

Yo me iría a Islandia, he oído que tienen un estupendo volcán.

Volvimos a reír brevemente. De repente, el banco de madera se había transformado en un refugio a prueba de cualquier cosa mala. Como un Paraíso personal, un Valhalla de bolsillo.

Sí.

Sí.

Sí.

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