Sólo quería uno

¿Alguna vez habéis querido librar una batalla contra todo lo establecido? ¿Incluso en las cosas más ridículas? ¿Por qué las cosas más ridículas son las que más nos sacan de quicio? Y lo más importante, ¿qué como yo mañana?

Resulta que Yolanda y yo ya no comemos en casa anymore porque en dos horas no nos da tiempo a salir de la clínica, llegar a casa, quejarnos, cocinar, comer, quejarnos otra vez y volver. O a lo mejor sí, no lo hemos probado, pero con tal de no soportar el tedio absoluto de tener que volver por la tarde, preferimos comer en el centro comercial al más puro estilo perroflauta. Y digo perroflauta porque nos sentamos en unas mesas y sacamos el tupperware con comida fría del día anterior. Vamos, que nos falta la flauta y el diábolo para que nos echen unas monedas.

Total, que antes nos lo currábamos mucho porque la tarde anterior cocinábamos una buena comida, con sus ingredientitos y sus cosinas bonicas para no pasar hambre. Como los ricos vaya. Pero cada vez daba más pereza porque, total, al día siguiente sería comida fría, seca y cutre de tupper. Así que un buen día pasamos directamente del tema y nos metimos en el supermercado del centro comercial para comprar una lata de ensaladilla rusa.

¿Problema? Que a la menda lerenda sólo le gusta la ensaladilla rusa si lleva toneladas de aceitunas. Porque las aceitunas son la ambrosía de los dioses entregadas a la humanidad por el mesías mismo. ¿Qué pasa? Que yo no sé qué tipo de limitación cerebral tienen los del Carrefour que tienen que hacer los paquetes de aceitunas indivisibles. Y cuando digo indivisibles digo INDIVISIBLES DE VERDAD. ¿Qué sólo necesitas un botecito de aceitunas para la ensalada? ¡Te jodes y te compras 3! Ya, pero es que yo sólo necesito. ¡3! Pero…TRES, COJONES, TRES O NINGUNO.

Pues yo sudo de comprar tres. Porque hay en casa aceitunas para cubrir una gala benéfica.

– Ya, pero aquí pone bien claro que son los tres o los tres. No hay otra opción.

Los cojones no hay otra opción. Ahora verás.

Y va la loca esta y quita el plástico que envuelve a los tres botes. Como lo leéis. ¡Lo quita y saca un bote! ¡A lo loco!

– ¿Pero tú quién te crees que eres? ¿Karl Marx?

¡Hago lo que quiero! – y se fue corriendo pasillo adelante.

Cuando ya estábamos en una de estas cajas de autoservicio (esas que llevan en uso desde hace una década en el resto de países menos en España y que para muchos españolitos aún son un gran misterio de la tecnología), me dispuse a pasar la ensaladilla y el bote de las aceitunas. Pero la máquina no pillaba el código, lo intenté tres veces hasta que una dependiente del Carrefour acudió en nuestra ayuda. Miró el bote y a continuación nos lanzó una mirada cargada de recelo.

– Lo siento chicas, estos productos sólo pueden ir de tres en tres.

En mi cabeza pasó lo siguiente:

Yo le diría a la chica que nos lo habíamos encontrado suelto, ella nos diría que no pasaba nada, pagaríamos la ensalada y nos iríamos, sin aceitunas, pero libres.

Pero claro, así sería muy aburrido. Y a Yolanda lo aburrido le aburre. Ironías de la vida. Cogió de nuevo el bote de la mano de la dependiente y lo pasó una vez más por el lector de códigos de barra.

– Yolanda, te acaban de decir que no. Que son tres o nada.

¡Pues no me da la gana!

Pasó muy rápido pero aun así yo lo vi a cámara lenta. Su expresión de loca desquiciada que no tiene nada que perder, su mano cerrándose fuertemente alrededor el bote, el aumento de tono muscular en su brazo que indicaba un posible lanzamiento. La chica del Carrefour no pudo detenerla. Yolanda lanzó el bote de aceitunas con violenta fuerza por encima de los postes de las alarmas y acto seguido salió corriendo detrás de su preciado tesoro.

– ¿¡Pero qué coño haces, loca!?

¡HAGO Lo que quiero…..! – su lema se perdió por los pasillos del centro comercial.

Una manada de cuatro seguratas salieron en su búsqueda y captura. Yolanda es bastante rápida así que no tuvo problema en darles esquinazo. Pero Yolanda es un ser sencillo. No piensa, se mueve por instinto y el instinto lo tiene con el piloto de avería encendido. Es por eso, que la pedazo de gilipollas volvió a meterse de nuevo en el Carrefour.

Mientras tanto, la dependienta y yo intercambiábamos comentarios de incredulidad, amén de mi vano intento por convencer a la chica de que yo no tenía nada que ver con el impulso cleptómano de Yolanda.

– Estoy tan sorprendida como tú. – le dije.

Desde la línea de cajas, se oían los gritos de histérica de Yolanda luchando contra el sistema. – ¡SI QUIERO UNO ME LLEVARÉ UNO, NO LOS QUE VOSOTROS QUERÁIS QUE ME LLEVE! ¡ABAJO LOS PACKS, VIVAN LAS UNIDADES! – Y a su espalda, los guardias de seguridad corrían a la velocidad del viento esquivando los productos que Yolanda iba tirando a su camino.

– ¿Cómo es posible que corra tanto? – me preguntó la dependiente.

– Ah, tiene el metabolismo muy alto. Y funciona a base de ira homicida. – contesté apoyándome en una columna. Esto iba a durar unos pocos minutos más.

A pesar de ser una gran corredora, lo de saltar se le da regulero tirando a mal de cojones. No obstante, a ella le gusta mucho lo de creerse una cabra montesa. Sin pensarlo, cambió su rumbo hacía nosotras e intentó saltar el torniquete que le separaba de la libertad. A la técnica del salto le doy un 3.5. Y al artístico un 10, porque creo que no hay nadie capaz de caerse de una manera tan bonita como esa. Todos esos dientes esparcidos por el suelo (no, pero hubiera sido genial), las gafas deslizando por el abrillantado piso, que bonito, madre.

Sin tan siquiera pensarlo dos veces, cogí y me marqué un mutis por la izquierda. De todos modos, nadie me estaba prestando atención. Me subí a la planta de los restaurantes y me  senté en una mesa dispuesta a esperar a que las cosas se calmasen.

Veinte minutos más tarde, Yolanda se unió a mí con cara de pocos amigos.

– ¿Y bien? – pregunté.

– Adivina a dónde no podemos entrar nunca más.

– ¿Cómo que podemos? ¿Me has metido a mí también en el ajo? – pregunté con enfado.

No, si quieres me como el marrón yo sola.

– ¡Serás desgraciada!

Nos hubiéramos peleado pero había demasiada hambre así que abrimos nuestras respectivas latas de ensaladilla rusa.

– Anda, pero si tiene aceitunas.

 

¡Que aproveche la cena, guapos!

Anuncios

One thought on “Sólo quería uno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s