La mujer que embistió

Allí me hallaba yo, jadeando por el esfuerzo, roja de la vergüenza, y sofocada por el apuro. Aún no sabía cómo lo habíamos conseguido. Bueno, sí. Es lo que tiene cuanto tienes enchufe.

Resulta que este fin de semana pasado Yolanda y yo teníamos una acampada con los scouts. Bien, ¿no? Fácil, ¿verdad?

Pues no.

Resulta que la acampada era en Pedrajas, un pueblo piñonero de la estepa castellana más bien tirando en dirección Madrid. ¿Y qué pasa? Que yo estoy colindando tierras gallegas. El caso es que el viernes a la tarde debíamos estar en el pueblecito de Castilla y de momento eran las seis de la tarde y acabábamos de salir por la puerta de la clínica en la que hago las prácticas.

Para que os hagáis una idea, aquí va un breve resumen esquematizado de lo que fue mi día.

– 6. 30 a.m. La melodía de Batman (serie original de 1966) me despierta.

– 8 a.m. Abre la clínica.

– 2 p.m. La hora de la comida (de tupperware frío con comida de la noche anterior. ¡Éxito!).

– 4 p.m. De vuelta a la clínica. (Yupi…)

– 6 p.m. Cierre. (¡Al fin! )

– 6.30 p.m Llego a casa y mi pater (quien amablemente hizo el favor de recorrerse 200 km para ir a buscar a su niña del alma) me está esperando forever alone.

– 7 p.m. Rumbo a Valladolor.

– Salto temporal.

– 9. 15 p.m. Llegada a mi casita.

– 9. 16 p.m. Beso a mi madre mientras ésta me suelta improperios sobre lo poco que le quiero y que no voy de visita.

– 9. 17 p.m. Sí, mamá. Lo siento, mamá.

– 9. 20 p.m. Preparo la mochila de la acampada.

– 9. 24 p.m. Beso de despedida a mi madre.

– 9. 25 p.m. Me monto de nuevo en el coche.

– 9. 30 p.m. Mi padre aparca en el puto medio de la estación de autobuses, se baja del coche, se planta frente a un autobús que estaba a punto de salir en dirección Pedrajas y alza el brazo.

– 9. 31 p.m. Mi padre usa la Fuerza y el autocar se detiene en seco.

Yolanda y yo flipamos. Y creo que varios de los viajeros a bordo también.

– Coño Fulano, cuanto tiempo. ¿Qué es de tu vida?

– Aquí andamos, a ver si la niña (porque siempre seré la niña) puede ir a Pedrajas.

Después de un intercambio de piropos masculinos y sacudida de rabos mutua, Yolanda y yo iniciamos nuestra memorable entrada en el autobús. Dicen las lenguas que una vez cada 500 años nace un ser de excepcionales cualidades para hacer el tonto del culo. En esta ocasión se manifestó en nosotras más una mochila gigante. Sí, había dos opciones:

  1. Dejar la mochila en el maletero del autocar.
  2. Subir con todo lo puesto, porque ¿qué coño? ¡Aquí hemos venido a jugar!

Adivinad cual elegimos.

Miradas de todas las edades y niveles de reproche se abalanzaron contra nosotras. Haciendo caso omiso, pagamos nuestro billete al conductor e iniciamos la cruzada por el estrechísimo pasillo (es en estas ocasiones en las que te das cuenta de que 1 metro de ancho es DEMASIADO ESTRECHO). Como no nos la queríamos jugar demasiado, nos pusimos cada una en un asiento. Yo coloqué de malas maneras mi mochila en un asiento vacío y me senté al lado de una simpática muchacha. En cambio, Yolanda tuvo la mala pata de colocar de cualquier modo su mochila y sentarse al lado de una mujer de mediana edad que hablaba por teléfono. Para más inri, se le resbaló una botella de agua que viajó hasta el primer asiento, teniendo así que molestar a otra paisana para que le devolviera el plástico. Yo lo estaba viendo todo desde mi confortable asiento. Cómo Yolanda fruncía cada vez más el ceño y su paciencia descendía hasta límites nulos. Entonces, la señora se movió.

Bueno, a mí me recordó a un documental de hipopótamos en el que las parejas se daban cariñosos empujones con su más de 3 toneladas de peso. Casi nada, ¿sabes? La mujer embistió con su portentoso pandero contra Yolanda, sacándola media nalga de su asiento.

Perdone, ¿le importa?

La mujer le miró de soslayo y siguió a lo suyo con su teléfono móvil.

La bocazas me miró, yo le devolví la mirada y pude ver en sus ojos el reflejo de las llamas del Averno. Le lancé un mensaje mental de tranquilidad, paz y rica venganza silenciosa. Yolanda pareció captar la indirecta porque no dijo absolutamente nada y se pasó la mitad del viaje medio sentada en su asiento.

Al cabo de veinte minutos de viaje, la dichosa señora se volvió hacia Yolanda y le preguntó:

– Perdona, ¿la parada para Aldeamayor es la siguiente?

Ambas sabíamos que la siguiente parada era en una gasolinera alejada de la mano de cualquier dios. Así que Yolanda aprovechó la oportunidad.

Sí, es la siguiente. ¿Ha estado alguna vez? – la mujer negó con la cabeza. Perfecto. – Oh, pues mire, le explico. Es una gasolinera. Lo que tiene que hacer es seguir por la carretera unos cincuenta metros hasta encontrar una pasarela que le llevará directamente hacia el otro lado. Allí tiene que desandar los cincuenta metros y verá la entrada del pueblo.

– Muchas gracias, bonita.

Yolanda sonrió dulcemente. Sólo yo sé que cuando sonríe así es porque la acaba de armar pardísima.

El autocar frenó al cabo de unos minutos y la mujer bajó del vehículo súper decidida y sonriendo a Yolanda.

Probablemente ahora esté muerta o ejerciendo la prostitución en una carretera comarcal de Castilla.

Que le jodan, por maleducada.

Buena fiesta de la siesta.

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