Leer es para los que se portan mal

Allí me hallaba yo, con los ojos desorbitados y boqueando como un pez fuera del agua. No me podía creer que me hubiera preguntado eso. Simplemente no podía. Por suerte, Yolanda estaba allí.

———– 15 minutos antes ————

Habíamos quedado con unos cuantos personajes de mi clase (gente con la que ya no me llevo, por otra parte) y con un individuo con el que, sinceramente, he tenido bastantes problemas para recordar su nombre a lo largo de los años, ya que siempre ha sido “el tipo que vive con ese pollo de clase que me cae fatal”. El caso es que íbamos a no sé dónde porque ya no me acuerdo, así que podríamos dirigirnos a la Luna o al entierro de Voldemort y jamás sabríais si es verdad o no. De lo que sí que me acuerdo era de que hacía calor porque íbamos ligeritos de ropa y yo estaba sudando por el sol abrasador y porque, por alguna extraña razón, me encanta eso de llevar peso innecesario al hombro siempre que salgo de casa.

No me preguntéis porqué. Lleno la mochila/bolsa de cosas que pueden servirme para el peor de los casos. Ejemplo: quedo con amigos. Amigos llegan tarde. No hay problema porque Blanca saca su libro/cuaderno/consola para leer/dibujar/escribir/jugar mientras tanto. Y todos contentos. Pero claro, eso pesa. Y un cojón, si se me permite la lindeza. Aunque, por supuesto, se me permite porque esto lo escribo yo y pongo lo que me sale de las narices.

Total, que por aquel entonces yo estaba leyendo un libro bastante gordo sobre un chaval que vivía dentro de una cárcel. Una historia bastante entretenida que me tenía enganchada así que era evidente que debía transportar el bendito ejemplar conmigo.

Antes de llegar a lo gordo del día de hoy, he de decir que, si no lo sabéis, leer es una de mis cosas favoritas. Y puede que sea porque prefiero el mundo de fantasía al real y por eso me gusta evadirme durante horas pero, francamente, no entiendo cómo pueden haber sueltas por el mundo personas que aborrecen del todo la idea de concentrarse en las palabras más de dos páginas. Ya no digo que tengan que leer todos los días El Quijote, pero que tampoco hayan cogido un libro en los últimos tres años de su vida…

Pues el caso es que cuando cruzábamos por la Plaza Mayor yo me puse a rebuscar en mi bolso para sentir la textura rugosa del papel contra mis dedos. A veces hago eso, sobre todo cuando veo que la conversación está llegando a un punto en el que ni me molesto en fingir que me interesa. No me preguntéis qué leches hice con mis dedos pero el marcapáginas voló fuera del libro y a mí me dio un amago de infarto. Rápidamente saqué el libro del bolso y rebusqué entre toda la mierda para encontrar a mi portador de esperanza (aka el marcapáginas de la discordia). Cuando lo encontré tuve que rebuscar entre las páginas del libro con el fin de hallar la parte en la que me había quedado. En un momento determinado, “el tipo que vive con ese pollo de clase que me cae fatal” se aproximó a mí y por primera vez en toda la tarde me habló:

– ¡Hala! ¿Ese libro es tuyo?

Disimuladamente, eché un vistazo rápido hacia Yolanda por si se le ocurría decir algo, pero estaba muy entretenida contemplando sus uñas.

– Eh…pues sí. Es mío. – contesté en voz baja aunque con esperanza de que el mozo también se lo estuviera leyendo.

El chico cogió el libro entre sus manos y lo contempló por todos sus lados. Pasó las páginas a toda velocidad y las observó con detenimiento. O bien esperaba que saliera una paloma volando de entre las hojas o el tío es Flash y realmente se lo estaba leyendo. Cuando terminó su examen sensorial me devolvió el libro y me sonrió.

– ¡Vaya! ¡Es enorme!

¡Eso dijo ella! – exclamó Yolanda con mirada lasciva.

Lancé una mirada de ira a mi amiga que sólo fue apreciable si tienes la capacidad de ralentizar el tiempo. Sin duda, el chico estaba interesado en el libro. Por mi cabeza viajaban diversos universos en los que los libros, él y yo éramos los protagonistas.

– ¿Y te lo estás leyendo porque sí? – prosiguió – ¿No te ha obligado nadie?

Mi gozo en un pozo.

Yolanda se acercó y tiró de mí hacia atrás para ponerse delante del chico.

¿Qué has dicho? – preguntó con la voz una octava más aguda.

El individuo cambió el peso a la otra pierna y borró la sonrisa de su cara. – Eh, ¿qué si lo lee porque ella quiere?

Ah, perdona, es que no te había entendido. – Yolanda me miró con una sonrisa en la cara y yo negué rápidamente con la cabeza para frenarla de montar una escena. Tarde. – No, mira, te explico. Blanca aborrece leer, sólo de pensar en palabras impresas le entra unos sudores fríos que la dejan en el sitio.

> Pero siempre lleva un libro en el bolso, cuanto más gordo mejor, y si se porta mal se obliga a leerlo. Porque le gusta sufrir. Incluso a veces si se comporta realmente mal se corta con el papel y se fustiga con el marcapáginas.

Aparentemente el chico, aparte de no leer, tampoco era muy ducho para pillar el sarcasmo porque miró perplejo a la bocazas durante unos segundos. Visto que no reaccionaba ante la sutileza, Yolanda sacó la artillería pesada. Insultar.

¡Ag! ¡Claro que le gusta leer! ¿A quién no le gusta leer? No, no contestes, individuo simiesco de comprensión reducida.

El chico seguía sin reaccionar. Parecía como si se hubiera quedado analizando la situación fotograma por fotograma y aún no hubiese llegado al discursito de Yolanda. Así que a la loca no se le ocurrió otra cosa que arrebatarme el libro de las manos y golpearle la cara con fuerza.

500 páginas con portadas incluidas sacudieron la cabeza de “el tipo que vive con el pollo ese de clase que me cae fatal”. Yo vi la imagen a cámara lenta, como en las películas. Grité desesperadamente, el resto de gente a nuestro alrededor se llevó las manos a la cabeza, el tío cayó a velocidad increíblemente lenta al suelo y Yolanda, en el medio, rió a mandíbula batiente como una desquiciada.

Para rematar la faena, se nos acercó la yonqui de la ciudad para pedirnos dinerito. Pero eso es otra historia, concretamente la de la semana que viene.

Larga vida y prosperidad.

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7 thoughts on “Leer es para los que se portan mal

      1. Víctor Moreno dice:

        No conozco nada de esa escritora, pero estoy googleando un poco para expandir fronteras 🙂
        Por cierto, fiándome de la Wikipedia dice que son 442 páginas, tampoco me parece que sea un tochazo de libro como para asombrarse… hay que ver cuánto déficit lector hay en este país :S

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