Cuando Yolanda enfurece los dinosaurios se extinguen

¿Alguna vez habéis querido conseguir algo pero por las circunstancias no habéis podido y cuando habéis tenido la oportunidad ya era demasiado tarde?

Ese es mi pan de cada día. O más bien, el de Yolanda.

Corría el mes pasado y nos dirigíamos al Ikea de Valladolor con la intención de comprar un par de utensilios para la vuelta a la Universidad. Estábamos con unos amigos y habíamos visto el peluche más perfecto del mundo.

Se trataba de un pequeño Tyranosaurus rex al que le podías meter la mano para simular el movimiento de sus mandíbulas. Estuvimos un rato entretenidas fingiendo que devorábamos al resto de temerosos habitantes de algodón de la cesta de peluches.

Quiero este puñetero peluche. – sentenció Yolanda después de un ataque de risa. – Es lo mejor que he encontrado.

– Pero no podemos, tía. – dije con gran pesar. – Dijimos que no gastaríamos dinero en tonterías.

Yolanda vagó la mirada del peluche que aún tenía en las manos a mí con cara de pocos amigos.

¿Cómo es esto una tontería? – se aproximó hacia a mí mientras agitaba el muñeco violentamente – ¿¡Cómo osas comparar este portento de la ingeniería peluchil con un banal juego de cuchillos o unas velas de colores!? ¡¿Cómo eres capaz de mirarte al espejo cada mañana, ser repugnante?! 

Antes de que la situación se nos fuera de las manos, agarré a Yolanda del brazo, lancé el peluche de vuelta a la cesta y me la llevé de allí hacia una zona menos peligrosa, como la sección de jaboneras de baño.

No obstante, Yolanda insistió durante días sobre las maravillas de aquel ser inanimado, sobre la enorme cantidad de cosas asombrosas que haría con él si tuviese la oportunidad (a mí solo se me ocurren dos y una de ellas implica ser un hombre). Al final, mi frío corazón inhumano se reblandeció un poco y accedí a volver al Ikea a por el dichoso dinosaurio. La otra opción era aguantar las quejas de Yolanda hasta el final de los tiempos. Y ella es un ser inmortal.

Así que ahí estábamos, de vuelta al centro comercial para satisfacer los deseos de la puñetera Yolanda. En vez de realizar el tour de media hora por toda la superficie y arriesgarnos a encontrar otra pila de utensilios inservibles, decidimos ir directamente hacia la sección infantil en pos del ansiado peluche.

Nada más poner un pie allí, noté una alteración en la Fuerza.

– Oh, oh. – me dije y me imaginé el peor de los escenarios.

Yolanda correteó hacia las cestas donde se encontraba el dinosaurio. Rebuscó entre los leones, las focas, los sombreros de bufón, los alces, las zanahorias e incluso las serpientes con bombín. Pero no había rastro de los dinosaurios. Yolanda alzó la mirada hacia mí y pude ver su cara de niña de cinco años que está a punto de romper a llorar.

– A lo mejor los han cambiado de sitio. Les gusta mucho reordenar las cosas, son suecos. – le animé. Verdaderamente no debí haber hecho eso, lo único que conseguí fue alimentar su esperanza durante unos minutos.

La bocazas buscó y buscó por toda la sección e incluso se fue a la siguiente. Volvió al punto de origen donde me vio acercarme a una dependiente. Sabía de sobra que preguntar siempre es el último recurso y se apresuró al lugar donde me encontraba.

– Perdone, – capté la atención de la dependiente. Una joven no mucho más mayor que yo, con el uniforme amarillo y azul y una plaquita con su nombre. Teresa. – ¿os quedan unos dinosaurios de peluche? Estuvimos aquí hace dos semanas pero veo que habéis cambiado las cosas de sitio.

La chica se quedó pensando un par de segundos y al final torció la boca en señal de compasión. – Lo siento, – me contestó. – Si no les veis por aquí, es que no quedan. ¿Habéis mirado bien?

Y ahí fue cuando detonó la bomba. Yolanda le agarró de las solapas y la atrajo hacia sí con violencia.

– ¡No, no hemos mirado bien! Sólo me ha faltado volcar las putas cestas y tirar por las escaleras todo lo que no tuviese forma de reptil milenario. ¡PERO NO, SOMOS IDIOTAS Y NO SABEMOS BUSCAR!

La dependiente la miró con pavor y giró la cabeza hacia mí en busca de algún tipo de ayuda. Agarré a Yolanda por detrás pero esa loca es como el increíble Hulk y consiguió zafarse sin ningún tipo de problema.

– Venga, Yolanda. – dije con voz calmada para tranquilizarle. – Ella no tiene la culpa. Si se han agotado, no hay nada que podamos hacer.

Pero… – Yolanda aflojó el agarre de la asustada trabajadora y me miró con cara de derrota. – ¡no es justo! – se quedó en silencio durante unos segundos, analizando la situación. De repente, alzó la mirada pero esta vez hacia a mí y no precisamente con cara de alegría. – ¡Todo esto es por tu culpa! Fuiste tú la que no quiso comprar el dinosaurio.

Soltó a la muchacha y esta vez se abalanzó sobre mí haciendo que cayéramos en el interior de una cesta llena de monos blanditos y peludos. Allí comenzó a tirarme del pelo y arañarme los brazos con violenta locura.

Todo por tu culpa. ¡Maldita sea! Tú y tu estúpido sentido del ahorro.

Cuando me mordió en la ceja fue cuando finalmente reaccioné. Agarré uno de los monos por la cola y lo estampé contra la cara de mi agresora. Esto la conmocionó lo suficiente para que consiguiera escapar de la jaula. Una vez fuera, me armé con un rabanito y un trozo de brécol y me puse en posición de defensa. Cuando resurgió la bestia del fondo de la cesta me miró con los ojos inyectados en sangre.

– Yolanda, sé que estás enfadada pero eso no justifica que te comportes como Loki el día del padre. – Ella comenzó a resoplar y hacer ademán de escaparse de su jaula pero usé mis armas de algodón para retenerla hasta que acabase mi discurso. – También sé que la culpa es mía. Pero míralo por el lado bueno. El hecho de que no haya más dinosaurios es porque tenías razón. Son un juguete tan estupendo que se han vendido en seguida. Nosotras ya somos muy mayores para algo así y probablemente habría acabado encima de la cama, olvidado y triste. ¿No prefieres pensar que ahora hay un niño disfrutando de su juguete porque nosotras no lo compramos?

Poco a poco Yolanda comenzó a relajarse y finalmente y con un suspiro me dijo:

¿Sabes? Tienes razón.

Con soltura, salió de la cesta de muñecos y se encaminó muy dignamente hacia la salida del local ignorando por completo al corrillo de compradores y trabajadores que se había formado a nuestro alrededor. En el centro estaba yo, aun portando mis blandas armas. Todos los ojos sobre mí, esperando a que dijese alguna frase épica como “Me sé de alguien que hoy dormirá como un bebé”. Sin embargo, eso sólo ocurre en los relatos de acción. Esto es la vida real. Me encogí de hombros y lancé mis armas de vuelta a la cesta. Me abrí paso entre el anonadado público y seguí a mi amiga. Todo muy épico. Como debe ser. Con la cabeza alta, con estilo, con…¡mierda!, yo también quería el jodido peluche.

Hasta el próximo día de algo.

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3 thoughts on “Cuando Yolanda enfurece los dinosaurios se extinguen

  1. Un Servidor (@unservidor1) says:

    En este capitulo podemos observar como Yolanda puede convertirse en un ser más peligroso que una madre con los suelos fregados frente a su hijo, recién legado de la tarde de campo.
    Sin embargo, también puede ser bondadosa, buena, apacible y, sobre todo no peligrosa.

    PD: Nada más escribir bondadosa he pensado “Bondadosa mis cojones”

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