La cola del millón de leguas

Allí me hallaba yo, tamborileando los dedos contra la bolsa de regalices, notando el aliento de una loca contra la nuca. Las luces blancas resplandeciendo por toda la superficie. Miré a mi izquierda y me sentí morir.

Si nos hubiéramos puesto a esa cola ya sería nuestro turno. – murmuró Yolanda de mal humor. Todo lo que llevaba reprimiendo durante los últimos diez minutos, lo expresó en una sencilla frase.

Para ponernos en situación, tendremos que viajar una hora y media atrás en el tiempo.

——————– 90 minutos antes ——————-

– Jo, quiero ir a ver la nueva película “basada” en el libro de Rick Riordan pero nadie quiere ir al cine conmigo.

Eran las ocho y cuarto de la tarde y estábamos sentadas en la plaza Zorrilla de Valladolid, ignorantes del mundo que giraba a nuestro alrededor. Yolanda mascaba chicle ruidosamente, como si no le importara reventar los tímpanos del resto de transeúntes.

Si no te pones muy pesada, voy contigo. – contestó explotando una gran burbuja de chicle.

– ¿De veras? – pregunté ilusionada mientras me lanzaba a sus brazos.

No hagas que me arrepienta.

A veces pienso que Yolanda es el hombre en nuestra relación. Cuando es evidente que no, ya que a bigote gano yo.

Total, que nos dirigimos a un cine cercano a la plaza para ver si ahí echaban la película. Afortunadamente sí. Desafortunadamente no empezaba hasta las nueve y cuarto.

– Oh, vaya. ¿Qué hacemos hasta entonces? – pregunté un poco de bajuna.

Yolanda contempló su reloj varios segundos. Es una de esas personas a las que les cuesta asimilar que está mirando la hora.

Si quieres podemos mirar en Internet a ver si echan la película en los Broadway. – sugirió sacando su teléfono.

Transcurridos unos minutos solté un ¡viva! en mitad de la calle. Efectivamente, en el otro cine retransmitían la película. No empezaba hasta dentro de treinta minutos, y eso era perfecto porque era el tiempo que necesitábamos para llegar hasta allí, comprar las entradas y suministros alimenticios y no perdernos los trailers. Yolanda se pone muy violenta cuando se los salta.

Nos pusimos en camino hacia los cines y cuando sólo faltaba una calle para llegar, se me ocurrió preguntar:

– Oye, ¿no echarán la película en 3D? Porque se me ha olvidado traer el talonario y la sangre de virgen para pagar la entrada.

Yolanda de paró de repente. La cara nívea como el papel.

Oh, pues… – rápidamente volvió a sacar el teléfono para comprobarlo. Tras unos minutos de súbita tensión Yolanda me miró. Toda ojos grises y enormes. Me pareció reconocer un atisbo de diminuta culpabilidad pero lo descarté rápidamente, Yolanda no siente culpa. Yolanda sólo siente que el mundo le debe eterna gratitud. Al parecer debía haber expresado mis pensamientos con mi cara porque rápidamente cuadró los hombros y carraspeó. – ¡A mí no me mires! Eres tú la que quieres ir al cine.

Me llevé una mano a la cara y ahogué un grito de frustración.

– Un día de estos…¡te arrojo al Campo Grande con un manojo de llaves!* – amenacé mientras daba la vuelta y volvía por donde habíamos venido.

Como dije hace una líneas, Yolanda está privada del sentimiento de culpa, por lo que la amenaza no pareció asustarle. Es más, le incitó a dar pequeños saltos alrededor mío como un pequeño diablillo al que estaba a punto de darle una hostia.

Míralo por el lado positivo, son y media. Hemos gastado quince minutos, ahora nos toca esperar menos.

Solté un bufido de fastidio para indicarle que no quería hablar.

Por cierto…casi no me acuerdo de la primera película así que vas a tener que ponerme al día.

Huelga decir que el enfado se me pasó en seguida, creo que no hay otra cosa que me guste más que hablar de libros. Cuando estuvimos de vuelta al punto de partida, aún nos quedaba media hora libre por lo que Yolanda propuso que fuéramos al supermercado a comprar algo de comida. Una vez allí, fuimos rápidas porque el tiempo no perdona a nadie. Ni siquiera a buenas ciudadanas. Nos dirigimos a las cajas y contemplamos las dos opciones. Una cola larguísima que daba a la sección de “caja rápida” y que no estaba siendo muy rápida o bien una caja normal con sólo dos personas por delante y una de ellas ya estaba pagando. No había que ser muy listo. Nos pusimos en la cola que menos gente tenía.

Mal.

Muy mal.

Mal estilo “invadamos Rusia, mein Führer”.

No sólo estuvimos ahí casi quince minutos esperando sino que casi llegamos tarde al cine.

Delante de nosotras había un señor con una barra de pan y un paquete de lechugas. Y delante de él estaba la dichosa señora que llevaba kilos y kilos de compra.

¿Se acuerda hoy de que tiene que hacer la compra de la semana? Es viernes, ¡maldita sea!  – Aunque no gritó, Yolanda se hizo oír por encima del hilo musical del supermercado.

– ¡Yolanda! – le agarré del brazo y tiré de él hacia abajo con el fin de que se agachase un poco. La mentada señora se giró hacia nosotras y yo hice mi mejor interpretación de persona que no ha roto un plato en la vida. Incluyendo el silbido y el mirar a las uñas.

Al parecer la señora estaba teniendo problemas con su tarjeta de crédito y la incompetente de los coj…., digo, la amable dependiente tenía algún tipo de problema articular que la impedía hacer las cosas con mayor agilidad.

Añadido a esto, detrás de nosotras esperaban una madre y una hija. La madre estaba horrorosamente cerca de mí, hasta tal punto que le oía pensar.

– Vamos a perder el autobús….uh, estas chicas sólo llevan dos cosas pero…oh, vamos a perder el autobús…el autobús…perder…chicas…cosas…Marte…salvapantallas. Pi.

Yolanda no se pudo contener más y se giró en redondo. Con la palma de la mano le dio un golpe en la frente con tal fuerza que la señora trastabilló hacia atrás y casi se fue al suelo de no haber sido por la muchedumbre que hacía cola tras ella.

A ver si te callas un mes, pesada. – se volvió hacia la dependiente y alzando el puño gritó – ¡usted dese más prisa, joder, que me voy a perder los trailers!

Me estaba empezando a doler la cabeza sobremanera. El hilo musical, el murmullo de la chalada de atrás, el suspiro del hombre de las lechugas, el bip, bip de la tarjeta de crédito y en general, la incompetencia que flotaba en el ambiente.

Vimos que una pareja acababa de salir del local.

Si nos hubiéramos puesto a esa cola ya sería nuestro turno.

Tenía razón, esa era la pareja que habría estado delante de nosotras de habernos colocado en la otra fila.

¿Y si hacemos un sinpa? – propuso Yolanda de repente.

– ¿Qué? ¡No! – contesté alarmada.

Hum, tú misma. ¡Hago lo que quiero!

Antes de que pudiese reaccionar, Yolanda se deslizó entre la gente y salió echando leches del establecimiento. No pude hacer otra cosa que seguirle ciegamente.

Llámalo suerte o llámalo crítico en un dado de 100 pero conseguimos llegar al cine sanas y salvas. ¡Y a tiempo!

Lástima que la película “basada” en el libro fuera un timo y cualquier parecido con la realidad fue pura coincidencia.

Adiós, buenas noches.

*Según dicen las leyendas pucelanas, si te metes de noche en Campo Grande y haces sonar un manojo de llaves, te suceden cosas maravillosas.

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3 thoughts on “La cola del millón de leguas

  1. Miguel desgraciao! dice:

    “Según dicen las leyendas pucelanas, si te metes de noche en Campo Grande y haces sonar un manojo de llaves, te suceden cosas maravillosas” hummmm cosas… maravillosas… M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-A-S… publicado en un blog llamado bendita ironía… Llámame paranoico, conspiranoico, lo que sea, llámalo “X”, pero yo, raro de mí, lo haría. Sólo por conocer las maravillas. Curioso que es uno, oye.

    Pd. Gilipolleces aparte, eres buena, eres muy buena… sigue así, shiquilla 😉

  2. Benja dice:

    Que buena, me hizo recordar una anécdota de hace un par de años, mi tía tiene un salón de eventos donde se iba a realizar una boda, fuimos a comprar las cosas que hacían falta llenamos 3 carros, ella se fue con uno a la caja mientras yo buscaba lo ultimo de la lista, me llama al celular indicando el número de la caja donde se encontraba, yo dejo un carro al cuidado de un vendedor, para mi sorpresa, mi tía estaba pasando los productos por caja y detrás de ella le seguían 6 señoras con sus respectivos carros, tragándome la vergüenza me propongo adelantar a las 6 haciéndome el sordo frente a cualquier improperio, aún me pregunto de donde me salió la valentía para ir a buscar el 3° carro…Yolanda Bocazas ya se a vuelto una lectura obligatoria muy buena y divertida, saludos

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